___________________________

Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
____________________________________________________

jueves, 19 de septiembre de 2019

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE LOS LÍMITES




En esas reuniones de intenso colorido local que son las piñatas,
escuché a una maestra contar alarmada cómo cada día los niñitos del
preescolar donde trabaja recibían a sus madres golpeándolas con el
pequeño bolso donde llevan la merienda sin que éstas reaccionasen.
La maestra, que también es madre, continuó refiriendo a su grupo de
amigas la dificultad que tenía para hacerle entender a su hija que “hay
cosas que no se hacen” y que “cuando ella dice no, es no”. Con un
gesto afirmativo de familiaridad, respondieron el resto de las señoras a
las inquietantes historias de la maestra. “¡Hay que ponerles límites a
nuestros hijos!”, concluyeron todas.
A qué se referían cuando hablaban de límites es algo que no está
claro. El término resulta ambiguo, pero se escucha cada vez más en

las voces de educadores y padres. La creencia de que en la actualidad
se ha ido demasiado lejos en cuanto a la permisividad con los niños
también se ha vuelto una moneda de uso frecuente. Se escucha a los
adultos reivindicar los castigos y palizas que ellos mismos sufrieron de
sus padres, en un gesto que suele mostrar más confusión que
convicción. Manejar las expresiones de agresividad que en diferentes
situaciones muestran los pequeños implica una labor lenta y
complicada. El estado de ánimo del adulto para el momento determina
la respuesta que pueda darse. Ciertamente, hay días en que no se está
de ánimo y se tiende a intervenir de manera brusca. Los padres son
humanos, sin duda. Pero reivindicar antiguos métodos de educación,
violentos y vejatorios del niño, deja de lado la consideración básica de
que ellos también son sujetos con posibilidades de intercambio y
comunicación, no simples objetos a manipular.
La palabra “límites” ha sido adoptada por psicólogos y orientadores.
Su significado original se encuentra asociado a la idea de demarcar,
delimitar un territorio, por ejemplo. Utilizar el término equivale a
querer demarcar las relaciones con los otros. Así, los padres al “poner
límites” estarían definiendo sus relaciones con los hijos, a la vez que
permitirían que el propio muchacho se delimitara como persona. En
otras palabras, aclararían las reglas del juego familiar y social,
definiendo las normas, deberes, derechos y prohibiciones de cada cual.
Marcarían la ley.
La dificultad que presenta la mayoría de los adultos que educan
reside en cómo implementar y transmitir las normas y prohibiciones.
Formas y estilos de actuar hay muchos, afortunadamente. Y considerar
la especificidad de la problemática planteada puede ser clave para la
búsqueda de una salida. El comportamiento de cada joven o infante
está sostenido por un motivo. Tratar de aclarar la razón que lo condujo
a la situación conflictiva resulta más útil que la utilización de fórmulas
y respuestas prefijadas.
“Poner límites” y marcar los bordes de lo permitido pasa por mostrar
que también se está dentro de los linderos de la ley. Cuando los
padres y educadores sostienen la postura de: “No puedes hacer esto
porque tampoco nosotros podemos”, o expresan la conseja: “No hagas
a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, niños y jóvenes
suelen captar las prohibiciones con mayor facilidad. No se pueden
pretender privilegios por el simple hecho de ser adultos. Como refería
Françoise Dolto: “La vida social de los seres humanos implica el
dominio de los deseos según la ley, la misma para todos”. Hay que
sostener en la conversación el sentido de las prohibiciones y el motivo
del cese de algunas de éstas con la experiencia, el crecimiento y
desarrollo de ciertas habilidades.
La educación de los hijos no es una tarea de un solo intento. Pensar

que una explicación o aclaración bastan para que se desista de la
intención vedada es una ilusión que en ocasiones suele frustrar a los
padres. Marcar los límites de acción de un niño y prohibir la práctica de
ciertos deseos son pruebas difíciles tanto para los padres como para
los niños. Siempre penosas en el momento de producirse.
II
Existen prohibiciones y rupturas que son inevitables y necesarias
para el desarrollo y formación del ser humano. Aunque sea una tarea
difícil y penosa para todos, establecer dichos límites garantiza una
constitución más sana, bajo el punto de vista psíquico y social. Por
paradójico que parezca, las normas y prohibiciones resultan
aseguradoras y permiten el desarrollo de los deseos de vida y un
sentido ético del placer.
Todos coinciden en señalar al nacimiento como la primera e
inevitable ruptura del proceso. La llegada al mundo del bebé revela,
tanto a la madre como al propio niño, la verdad de una separación. El
corte del cordón umbilical pone fin a una unidad y dice de la existencia
de dos seres distintos. Unidos por un vínculo afectivo y de
dependencia, ambos deberán reconocerse como personas diferentes.
Al bebé inmaduro, este proceso le tomará un tiempo que es
psicológico y biológico a la vez.
El amamantamiento y el destete continúan el sentido de la primera
experiencia, marcando un límite a la relación cuerpo a cuerpo. A un
circuito corto de comunicación madre-niño –pezón-boca– se impone el
establecimiento de un circuito más largo, el de la palabra. El destete
posibilita el ejercicio de la comunicación oral y afirma al niño frente a
su madre. El niño a partir de ese momento podrá decir: “No, yo no
quiero”, iniciándose el productivo período del negativismo infantil.
Luego, con la etapa de educación esfinteriana, se regula y limita la
libre acción. El control de la musculatura anal y vesical es un proceso
que para iniciarse requiere de ciertos requisitos madurativos. Con su
adquisición, el niño entiende que hay lugares y normas con sentido
para ejecutar las cosas. Ya no puede hacer pupú y pipí donde quiera,
sino en el lugar destinado para ello. Donde acuden todos, incluso los
adultos. El control de esfínteres y el aumento de las destrezas motoras
que el niño adquiere para esa edad serán los basamentos de la idea
ética que plantea: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a
ti”. Y, como derivado de esta idea central, la prohibición de la
agresión, el robo y el homicidio. Al final de esta etapa, habrá adquirido
mayor autonomía.
El conocimiento y la asunción de la pertenencia a un sexo, junto a la
prohibición de los deseos incestuosos, tanto homosexuales como
heterosexuales, posibilitan como etapa final el ingreso del niño a la

civilización y a la cultura como sujeto pensante.
Nacimiento, destete, control de esfínteres y prohibición del incesto
son, en resumen, la esencia de todo lo que se ha denominado límites y
que los padres sienten necesario implementar en el proceso formativo.
Reconocer que se es un ser distinto y separado del hijo y a la inversa.
Que ambos enfrentan circunstancias diferentes, con derechos y
deberes ajustados a la edad. Donde el lenguaje es el medio de
comunicación fundamental, con oportunidad de ambas partes a decir:
“Yo, como diferente de ti, quiero o no quiero...”. Saber que se está
sometido como el resto de los humanos a leyes que regulan la acción y
los deseos, sean estos sexuales o no. Son los principios básicos
morales y éticos que rigen el comportamiento social.
Muchos padres quieren transmitir a sus hijos estas ideas y normas y
a veces no saben cómo. En oportunidades, se olvida la propia
condición de sujetos sometidos a las mismas leyes y normas. Se
piensa que por ser padres se detenta el poder y el derecho. También
se dan por sobreentendidos estos principios y no se conversa ¡Craso
error! No es fácil comprender que los límites están porque los deseos
existen, y aunque se los eduque su fuerza intrínseca los conducirá a
tantear los bordes y olfatear las fisuras para deslizarse.
En la infancia, sobre todo, se prueba constantemente los límites de
los padres. A veces los hijos quieren que sus padres se comporten
como ellos desearían. Niegan y temen las diferencias. No explican lo
que anhelan o no pueden explicarlo. Lo actúan simplemente. Ellos aún
no han internalizado las normas y la ley. Justamente en esto consiste
la diferencia entre pequeños y grandes.

jueves, 5 de septiembre de 2019

El tiempo en los niños





La vivencia del tiempo es para todos una experiencia subjetiva. Pero para los niños el paso de las horas ocurre con un ritmo totalmente diferente al de los adultos. Hasta más o menos la edad de siete años, época en la cual las nociones que nos permiten demarcar el curso del tiempo son entendidas plenamente, a un niño un día le puede parecer un siglo y a la inversa.
Explicarle a un pequeño que su cumpleaños es el mes que viene, que su papá se fue de viaje y viene pasado mañana o que a partir de esta semana comenzó un año nuevo, puede ser una experiencia complicada porque su pensamiento es de tipo pre-operacional. La idea del tiempo es totalmente abstracta y requiere de una inteligencia representativa que el niño tarda en adquirir ( Jean Piaget).
Para los niños el girar del reloj está ligado de una manera indisoluble –y más vital que en los grandes– al objeto de su necesidad y de su amor. Tiempo y afecto, tiempo y deseo, conforman la llave de la experiencia de vida en todos, pero en los niños la determina de manera primordial. Resulta común la experiencia de que la espera ansiosa de algo o alguien importante nos parezca una eternidad o que unos días de disfrute y placer desaparezcan como un flash.
 Un bebé de menos de dos años registrará invariablemente el paso de las horas, por el aparecer y desaparecer de su madre y de sus personas queridas. En principio, la ausencia del objeto es vivida como irrecuperable pues el niño es incapaz de imaginarlo sin su presencia real, pero también porque para él lo que no se ve o se siente no existe. Más adelante, con la internalización de la imagen materna, el niño puede prever su reaparición en el futuro inmediato, logrando así contener lo que conocemos como angustia de separación.
A veces, se olvida que la vivencia del paso del tiempo en los niños sucede a un ritmo diferente, mucho más lento quizás, porque su mundo interno todavía no es tan rico en significaciones y depende más estrechamente de su pequeño y palpable universo familiar. Así, se escucha decir en oportunidades: “No importa, el bebé no se da cuenta, voy a estar fuera una semana nada más”, utilizando un criterio adulto de lo temporal.
Los niños siempre se dan cuenta y se percatan de lo que pasa a su alrededor, aunque no puedan organizar en su mente la experiencia tal como se esperaría al final del crecimiento. Aunque los términos de ayer o mañana no sean del todo comprensibles y el futuro sea importante en la medida en que pueda presentarse ya, en su presente vital, hay que hablarles a los niños de nuestros criterios temporales. Hay que informarlos de nuestros movimientos y ausencias por más pequeños que parezcan. Ellos necesitan ir entendiendo el valor de lo pasado pero también la importancia de la promesa futura, guía de todos nuestros ideales.
Para hablarles a los infantes del tiempo se pueden tomar los elementos concretos perceptibles que rodean su rutina de vida. A través de ella, el niño puede ir entendiendo la idea de un antes y un después. Los propios ritmos biológicos de hambre y sueño, la constatación de la existencia de un día con luz y sol y una noche oscura con luna y estrellas, son recursos válidos para la explicación de la dimensión temporal.
En la literatura infantil se encuentran buenos ejemplos sobre la existencia de un orden cíclico en la naturaleza. No obstante y a pesar de todas las explicaciones, sólo la maravillosa mente infantil permitirá disfrutar a los adultos de frases como esta: “Mañana yo fui a la fiesta de mi primo”. Como planteó en una oportunidad el psiquiatra Fernando Rísquez, la madurez consiste en la capacidad de espera. Para entender que las cosas no son ahora, ya, cuando las queremos, sino mañana o en un indeterminado futuro, hay que crecer y madurar. Hecho que por suerte se toma su tiempo.