"La llegada de los hijos
suele despertar en las personas la inquietud sobre los variados peligros que rondan
a un niño en su propia casa. Allí donde antes parecía estar todo seguro,
comienzan a percibirse numerables situaciones de riesgo. Hay que tomar medidas,
prever, y acondicionar los espacios ante la presencia de un ser frágil e
inmaduro. No obstante, se debe diferenciar entre seguridad y sobreprotección.
La curiosidad creciente de un pequeñito que está comenzando a descubrir el
mundo desde su propio ambiente, junto a las necesidades de desplazamiento y
autonomía son aspectos que hay que saber sobrellevar y administrar.
Como tocalotodo se suele
calificar a los pequeños entre los diez meses y los dos años y medio de edad. Y
es que el inicio de la deambulación autónoma –bien a gatas, bien caminando– se
convierte para muchos adultos en época de gran tensión y agotamiento. El niño
quiere moverse libremente por la casa y explorar todos los objetos que ve. Se
trepa para alcanzar los que están fuera de su alcance. En su aventura, no tiene
capacidad para prever ningún peligro y menos aún para reconocer piezas que sean de mucho
valor. Los padres angustiados no saben cómo controlar a su adorable terremoto,
se debaten entre dejar que destruya toda la casa, poner todo fuera de su
alcance o prohibírselo con decisión.
En primer lugar, debemos
discriminar entre las situaciones, objetos o comportamientos que son
verdaderamente peligrosos y los que no. Hay quienes consideran riesgoso que un
bebé de seis meses, por ejemplo, se arrastre por el piso en el intento de
gatear. ¡El piso está lleno de gérmenes!, dicen. Pero lo que tenemos que
visualizar son las situaciones que ponen en riesgo la vida e integridad del
cuerpo del niño. Gatear sólo será peligroso si en el camino se tropieza con
objetos que puedan caer sobre él, que resulten cortantes o que pueda ingerir.
Esta etapa incluye la necesidad de una supervisión visual frecuente. Si el niño
está libre por la casa, no se lo puede perder de vista por mucho tiempo.
Proteger las esquinas de los muebles y los puntos de electricidad es básico.
Retirar vidrios y objetos de cristal, también. La cocina, se sabe, es un lugar
de cuidado. No se le puede permitir al niño que ronde cerca de ella si se tiene
comida en el fuego. Asegurarse de que las asas de las ollas no sobresalgan. Al
manipular cuchillos u otros utensilios, se debe tener precaución para evitar
que puedan caer cerca de él.
¿Cómo
lidiar con la enorme energía vital que se apodera de los pequeños cuando
descubren la verticalidad? El niño durante esta etapa desplaza todo su interés
hacia los objetos que lo rodean; asirlos y llevárselos a la boca es para ellos
una importante forma de aprendizaje y de juego.
Los
espacios reducidos en los que la familia urbana suele vivir hacen más difícil
de sobrellevar esta etapa. La madre quiere conservar las mesas del salón con
sus adornos preferidos y el niño no tiene todavía ninguna noción estética; en
un instante puede hacer de los sofás y las mesas su centro de operaciones.
Muchos padres recurren al corral, sin embargo, esta forma de contención externa
no es tolerada por mucho tiempo. Los niños necesitan estar en movimiento y este
cuadrilátero se lo impide completamente. Resulta más adecuado usar las pequeñas
rejas infantiles, que se colocan en los marcos de las puertas e impiden que el
niño ingrese en algún espacio o salga de otro.
Cuando los padres trabajan
y los niños quedan al cuidado de una empleada hay que entrenarlas para el
manejo seguro del pequeño. Si no se puede seguir al niño
con la vista, se le puede dejar en una de las habitaciones de la casa con
juguetes y algunos objetos sin valor. Cajas vacías que les permitan guardar y
sacar, carritos, pelotas, llaves, muñecas, libritos con dibujos infantiles,
etc. Se debe permitir a los niños tocar las cosas, siempre que éstas no sean
peligrosas o contengan un valor afectivo y monetario insustituible para los
adultos. Françoise Dolto recomienda a las madres nombrar los objetos que el
pequeño va agarrando, de esta manera –dice– se le brinda el placer de conocer
el mundo, dominarlo y comunicarse con los demás. Mientras la madre realiza los
oficios, el niño querrá seguirla y ella quizás podrá hablarle o describirle lo
que va haciendo.
En la
cocina, se le pueden facilitar algunas ollas viejas y cucharas de palo para que
improvise sonidos mientras la madre hace lo suyo. Esta es una actividad que
siempre les encanta. En realidad, durante estas edades el niño necesita jugar
junto a otra persona, por lo menos media hora en la mañana y media hora en la
tarde. El desarrollo sensorial y el dominio motor son en gran medida
estimulados por el juego. Lanzar y atajar una pelota, impulsar un carrito,
apilar tacos para luego derribarlos, cantar y producir sonidos, observar y
nombrar dibujos, traspasar líquidos de un recipiente a otro, guardar y sacar
juguetes, son actividades muy atractivas para niños a partir de un año.
De igual
manera, se deben impartir ciertas prohibiciones. Con firmeza y seguridad los
padres deben expresar que hay cosas que no se pueden tocar: el fuego, las
tijeras, los destornilladores, los materiales de estudio de los hermanos
mayores o los papeles de trabajo del papá, entre otros. Al final del día,
después de permitirles algunas experiencias con arena o tierra, es recomendable
meter a los pequeños tocalotodo en una bañerita con agua tibia y
dejarlos jugar allí un buen rato. Será la mejor antesala a las horas de
descanso y sueño, que ansiosamente suelen esperar los mayores.
II
Javier es un chiquito que no ha cumplido todavía los dos años de edad. A los dieciocho meses ha descubierto
una nueva manera de divertirse en la casa mientras sus padres trabajan y sus
hermanos mayores van a la escuela. El juego favorito de Javier consiste en
lanzar a través de los barrotes del balcón cualquier juguete u objeto que
encuentre disponible. Es increíble la
pasión y el interés que despiertan en él ver como desaparecen de sus ojos al
soltarlos, muñecos, pelotas, adornos de la mamá y uno que otro zapato. Mayor
sorpresa y emoción siente cuando luego del acto baja con la niñera los cinco
pisos que separan su apartamento del patio de planta baja y descubre que los
objetos lanzados reaparecen allí, en muchos casos, rotos, mutilados, pero en
algunos otros, intactos. A pesar de la alarma y disgusto de la niñera que dice
en tono nervioso: “no puedes tirar cosas por el balcón es muy peligroso, le
puedes pegar a alguien que esté pasando por abajo en la cabeza, además, vas a
acabar con todos tus juguetes”, para él es como un acto de magia. ¡Desaparecer
un objeto en el 5to piso y que aparezca en planta baja!
El juego de Javi no es un juego enfermizo como quizás algunos pudieran
pensar. Ya lo han descrito psicólogos especialistas, la noción de constancia
objetal y la representación de los desplazamientos no visibles del objeto es
una noción que se desarrolla a lo largo de los primeros veinticuatro meses. Por
experiencia los padres saben que basta con esconderle un objeto a un niño de un
año o menos para que éste se “olvide” de él. “Si no lo veo, no existe”,
pareciera decir el bebé. Más adelante, comenzará a entender que los objetos
existen y se pueden desplazar fuera de su campo visual conservando sus
propiedades intactas. “Aunque yo no lo vea, el objeto existe y puede regresar o
aparecer en un sitio diferente del que estaba inicialmente”, “yo lo puedo
recordar y conservar en mi memoria, aunque no lo tenga cerca”, serían las afirmaciones
de esta etapa del desarrollo.
A principios del siglo pasado Freud observó como su nieto de dieciocho
meses, se divertía también lanzando fuera de su cuna pequeños objetos amarrados
de un hilo de carretel. Al lanzarlos el bebé exclamaba fort (que en alemán quiere decir lejos), y al regresarlo, halando
el hilo nuevamente hasta él, decía da
(que significa acá). Para Freud el juego del Fort-da, era el resultado de
una serie de procesos psíquicos que mostraban el particular desarrollo del
vínculo entre el niño y su madre. Como en el caso de Javi, el nieto de Freud
solía entretenerse con el juego mientras la mamá estaba ausente. De manera
resumida podríamos afirmar, que para los chiquitos es una forma de sentir que
controlan los desplazamientos y ausencias de sus progenitoras. Sería como
convencerse de que si las madres no estaban era porque ellos la “lanzaban
fuera”; más tarde podían regresarlas o reencontrarlas en otro lugar,
incrementando así la sensación de control y como resultado obteniendo un cierto
monto de placer y tranquilidad.
Muy tempranamente los niños abandonan la posición de sujetos pasivos frente
a los intercambios y encuentros con sus madres. Ellos que entienden que las
necesitan y dependen de ellas, toleran con dificultad sus ausencias y el no
poder controlar su cercanía. La internalización de su imagen y características
como persona, les permite recordarlas y fantasear un grado de omnipotencia con
el que sortearán las emociones que produce la distancia temporal hasta que
pueda darse el próximo encuentro.
Al principio los bebés no pueden
percibir a los otros en su totalidad, su inmadurez sensorio motora los lleva a
fantasear el control de sus interacciones con las fuentes de intercambio y
satisfacción. Si son alimentados con pecho o biberón ellos perciben, durante
las primeras semanas, como si ese objeto nutricio formara parte de ellos. Más
adelante, cuando entienden que las personas y cosas que los rodean son
autónomas, que existen más allá de su voluntad y que cuando ellos no las ven no
es que desaparezcan, sino que están en otro lugar fuera de su campo visual y
perceptivo, se produce internamente una
especie de cambio emocional importante que implica ciertos montos de angustia y
de duelo; entre otras cosas, porque entienden que ellos no controlan de manera
omnipotente a sus madres.
Desde el logro de la verticalidad y hasta cerca de los dos años se da en
los pequeños una especie de actitud curiosa y experimental que les reporta
montos importantes de satisfacción. Esa exploración constante sobre el medio
que los rodea, que los lleva a interactuar con todos los objetos y personas
sometiéndolos a infinidad de pruebas representa la semilla nata hacia el
conocimiento y la comprensión con la que cuenta todo ser humano. Justamente,
porque es importantísimo fomentar ese espíritu vital y curioso que hace de todo
niño un ser potencialmente inteligente, es por lo que no conviene prohibir ni
coartar ese empuje experimental de la primera infancia.
Pero ojo, también resulta en muchos casos potencialmente peligroso dejar a
un pequeñín de cerca de dos años o más hacer y probar todas las cosas que se le
ocurren. Es en este marco que se inscriben las acciones del pequeño Javi,
cuando se divierte lanzando cosas por el balcón de su casa.
La noción de gravedad de los objetos, la noción de peso y los efectos
inevitables de los desprendimientos desde cierta distancia del piso son
conceptos y experiencias que toman mucho más tiempo en ser comprendidos.
Todavía a los cinco años de edad hay que advertir a los niños sobre lo
peligroso que es una caída desde una cierta altura. Las muertes por caída
siguen teniendo un lugar de ocurrencia alto entre las causas de muerte
infantil. Javi o cualquier otro niño podrá probar sus teorías lanzando pequeños
objetos desde el balcón o la ventana de su departamento, lo que no se puede
permitir nunca es que experimente en lugares que no estén suficientemente
protegidos como para que el niño mismo no corra peligro.
Supervisar a los niños siempre que se encuentren en casa, no dejarlos solos
y menos aún si están en condiciones de abrir las ventanas y los balcones.
Instalar rejas o protectores en las aberturas amplias incluyendo escaleras
interiores. No permitir que los niños jueguen cerca de techos, pasillos de
edificios o cerca de cualquier lugar del que puedan caerse, resulta
fundamental. Los niños en cuestión de segundos pueden inventar pruebas y juegos
que implican riesgos de vida. No les de la oportunidad de que ocurra."
Del libro Aprender a ser padres, de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas 2012