La llegada de los hijos
suele despertar en las personas la inquietud sobre los variados peligros que rondan
a un niño en su propia casa. Allí donde antes parecía estar todo seguro,
comienzan a percibirse numerables situaciones de riesgo. Indudablemente, hay
que tomar medidas, prever, y acondicionar los espacios ante la presencia de un
ser frágil e inmaduro. No obstante, hay que poder diferenciar entre seguridad y
sobreprotección. La curiosidad creciente de un pequeñito que está comenzando a
descubrir el mundo desde su propio ambiente, junto a las necesidades de
desplazamiento y autonomía, tornan contraproducente querer encerrar a nuestros
retoños en una burbuja de cristal.
El primer año de vida,
justo antes de que comience el niño a caminar, es un período de alerta y de
tensión que se incrementa únicamente, con la verticalidad y la puesta en
marcha. Esa segunda etapa, que se extiende hasta aproximadamente los tres años,
y que algunos han dado en llamar la del niño “tocalotodo”, requiere de ciertas
consideraciones por parte de los progenitores.
En primer término, hay que
poder discriminar entre las situaciones, objetos o comportamientos que son
verdaderamente peligrosos y los que no. Hay quienes consideran riesgoso que su
bebé de seis meses se arrastre por el piso en el intento de gatear. ¡El piso
está lleno de gérmenes!, afirman. Pero lo que hay que visualizar son las
situaciones que ponen en riesgo la vida e integridad del cuerpo del bebé. Gatear
sólo será peligroso si en el camino se tropieza con objetos que puedan caer
sobre él, que resulten cortantes o que pueda ingerir. Esta etapa incluye la
necesidad de una supervisión visual del niño, muy frecuente. Si el niño está
libre por la casa, no se lo puede perder de vista por mucho tiempo. Proteger las
esquinas de los muebles y los puntos de electricidad es básico. Retirar vidrios
y objetos de cristal, también. Algunos padres optan por no quitar ningún adorno
de las mesas y enseñarles a que “respete los objetos de la casa”. El riesgo que
se corre allí es que el pequeñito sin querer, rompa algún objeto de valor
familiar o sentimental.
Cuando los padres trabajan
y los niños quedan al cuidado de un empleado hay que entrenarlos para el manejo
seguro del pequeño. La cocina, se sabe, es un lugar de cuidado. No se le puede
permitir al niño que ronde cerca de ella si se tiene comida en el fuego. Hay
que asegurarse de que las asas de las ollas no sobresalgan. Al manipular
cuchillos u otros utensilios, se debe tener precaución para evitar que puedan
caer cerca de él. Sin embargo, un chiquito puede permanecer de manera segura
mientras su cuidador cocina. Se lo puede sentar en su silla de comer o coche
con algunos juguetes para que se distraiga. En estos casos, el tiempo es la
clave.
Tampoco, para mencionar otra situación de vulnerabilidad, los niños intentan
bajarse solos de su cuna, a no ser que se los deje por mucho tiempo en ella.
Las ventanas y balcones, sólo representan un peligro si se les permite rondar y
jugar cerca de ellas. Ningún niño se lanza espontáneamente “por curiosidad”.
Los más grandes pueden
tener interés en participar de la elaboración de algún platillo o actividad
hogareña. Impedírselo es frustrar una vía de desarrollo y habilidad para ellos.
Lo importante es asignarles alguna tarea
que los haga sentir útiles, y supervisarlos durante su realización todo el
tiempo que se pueda.
María del Carmen Míguez

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