En esas
reuniones de intenso colorido local que son las piñatas, escuché a una maestra
contar alarmada cómo cada día los niñitos del preescolar donde trabaja recibían
a sus madres golpeándolas con el pequeño bolso donde llevan la merienda sin que
éstas reaccionasen. La maestra, que también es madre, continuó refiriendo a su
grupo de amigas la dificultad que tenía para hacerle entender a su hija que
“hay cosas que no se hacen” y que “cuando ella dice no, es no”. Con un gesto
afirmativo de familiaridad, respondieron el resto de las señoras a las
inquietantes historias de la maestra. “¡Hay que ponerles límites a nuestros
hijos!”, concluyeron todas.
A qué se
referían cuando hablaban de límites es algo que no está claro. El término
resulta ambiguo, pero se escucha cada vez más en las voces de educadores y
padres. La creencia de que en la actualidad se ha ido demasiado lejos en cuanto
a la permisividad con los niños también se ha vuelto una moneda de uso
frecuente. Se escucha a los adultos reivindicar los castigos y palizas que
ellos mismos sufrieron de sus padres, en un gesto que suele mostrar más
confusión que convicción. Manejar las expresiones de agresividad que en
diferentes situaciones muestran los pequeños implica una labor lenta y complicada.
El estado de ánimo del adulto para el momento determina la respuesta que pueda
darse. Ciertamente, hay días en que no se está de ánimo y se tiende a
intervenir de manera brusca. Los padres son humanos, sin duda. Pero reivindicar
antiguos métodos de educación, violentos y vejatorios del niño, deja de lado la
consideración básica de que ellos también son sujetos con posibilidades de
intercambio y comunicación, no simples objetos a manipular.
La
palabra “límites” ha sido adoptada por psicólogos y orientadores. Su
significado original se encuentra asociado a la idea de demarcar, delimitar un
territorio, por ejemplo. Utilizar el término equivale a querer demarcar las
relaciones con los otros. Así, los padres al “poner límites” estarían
definiendo sus relaciones con los hijos, a la vez que permitirían que el propio
muchacho se delimitara como persona. En otras palabras, aclararían las reglas
del juego familiar y social, definiendo las normas, deberes, derechos y
prohibiciones de cada cual. Marcarían la ley.
La
dificultad que presenta la mayoría de los adultos que educan reside en cómo
implementar y transmitir las normas y prohibiciones. Formas y estilos de actuar
hay muchos, afortunadamente. Y considerar la especificidad de la problemática
planteada puede ser clave para la búsqueda de una salida. El comportamiento de
cada joven o infante está sostenido por un motivo. Tratar de aclarar la razón
que lo condujo a la situación conflictiva resulta más útil que la utilización
de fórmulas y respuestas prefijadas.
“Poner
límites” y marcar los bordes de lo permitido pasa por mostrar que también se
está dentro de los linderos de la ley. Cuando los padres y educadores sostienen
la postura de: “No puedes hacer esto porque tampoco nosotros podemos”, o
expresan la conseja: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a
ti”, niños y jóvenes suelen captar las prohibiciones con mayor facilidad. No se
pueden pretender privilegios por el simple hecho de ser adultos. Como refería
Françoise Dolto: “La vida social de los seres humanos implica el dominio de los
deseos según la ley, la misma para todos”. Hay que sostener en la conversación
el sentido de las prohibiciones y el motivo del cese de algunas de éstas con la
experiencia, el crecimiento y desarrollo de ciertas habilidades.
La
educación de los hijos no es una tarea de un solo intento. Pensar que una
explicación o aclaración bastan para que se desista de la intención vedada es
una ilusión que en ocasiones suele frustrar a los padres. Marcar los límites de
acción de un niño y prohibir la práctica de ciertos deseos son pruebas
difíciles tanto para los padres como para los niños. Siempre penosas en el
momento de producirse.
II
Existen
prohibiciones y rupturas que son inevitables y necesarias para el desarrollo y
formación del ser humano. Aunque sea una tarea difícil y penosa para todos,
establecer dichos límites garantiza una constitución más sana, bajo el punto de
vista psíquico y social. Por paradójico que parezca, las normas y prohibiciones
resultan aseguradoras y permiten el desarrollo de los deseos de vida y un
sentido ético del placer.
Todos
coinciden en señalar al nacimiento como la primera e inevitable ruptura del
proceso. La llegada al mundo del bebé revela, tanto a la madre como al propio
niño, la verdad de una separación. El corte del cordón umbilical pone fin a una
unidad y dice de la existencia de dos seres distintos. Unidos por un vínculo
afectivo y de dependencia, ambos deberán reconocerse como personas diferentes.
Al bebé inmaduro, este proceso le tomará un tiempo que es psicológico y
biológico a la vez.
El
amamantamiento y el destete continúan el sentido de la primera experiencia,
marcando un límite a la relación cuerpo a cuerpo. A un circuito corto de
comunicación madre-niño –pezón-boca– se impone el establecimiento de un
circuito más largo, el de la palabra. El destete posibilita el ejercicio de la
comunicación oral y afirma al niño frente a su madre. El niño a partir de ese
momento podrá decir: “No, yo no quiero”, iniciándose el productivo período del
negativismo infantil.
Luego,
con la etapa de educación esfinteriana, se regula y limita la libre acción. El
control de la musculatura anal y vesical es un proceso que para iniciarse
requiere de ciertos requisitos madurativos. Con su adquisición, el niño entiende
que hay lugares y normas con sentido para ejecutar las cosas. Ya no puede hacer
pupú y pipí donde quiera, sino en el lugar destinado para ello. Donde acuden
todos, incluso los adultos. El control de esfínteres y el aumento de las
destrezas motoras que el niño adquiere para esa edad serán los basamentos de la
idea ética que plantea: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”.
Y, como derivado de esta idea central, la prohibición de la agresión, el robo y
el homicidio. Al final de esta etapa, habrá adquirido mayor autonomía.
El
conocimiento y la asunción de la pertenencia a un sexo, junto a la prohibición
de los deseos incestuosos, tanto homosexuales como heterosexuales, posibilitan
como etapa final el ingreso del niño a la civilización y a la cultura como
sujeto pensante.
Nacimiento,
destete, control de esfínteres y prohibición del incesto son, en resumen, la
esencia de todo lo que se ha denominado límites y que los padres sienten
necesario implementar en el proceso formativo. Reconocer que se es un ser
distinto y separado del hijo y a la inversa. Que ambos enfrentan circunstancias
diferentes, con derechos y deberes ajustados a la edad. Donde el lenguaje es el
medio de comunicación fundamental, con oportunidad de ambas partes a decir:
“Yo, como diferente de ti, quiero o no quiero...”. Saber que se está sometido
como el resto de los humanos a leyes que regulan la acción y los deseos, sean
estos sexuales o no. Son los principios básicos morales y éticos que rigen el
comportamiento social.
Muchos
padres quieren transmitir a sus hijos estas ideas y normas y a veces no saben
cómo. En oportunidades, se olvida la propia condición de sujetos sometidos a
las mismas leyes y normas. Se piensa que por ser padres se detenta el poder y
el derecho. También se dan por sobreentendidos estos principios y no se conversa
¡Craso error! No es fácil comprender que los límites están porque los deseos
existen, y aunque se los eduque su fuerza intrínseca los conducirá a tantear
los bordes y olfatear las fisuras para deslizarse.
En la
infancia, sobre todo, se prueba constantemente los límites de los padres. A
veces los hijos quieren que sus padres se comporten como ellos desearían.
Niegan y temen las diferencias. No explican lo que anhelan o no pueden
explicarlo. Lo actúan simplemente. Ellos aún no han internalizado las normas y
la ley. Justamente en esto consiste la diferencia entre pequeños y grandes.
Del libro Aprender a ser padres, de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas 2012

No hay comentarios:
Publicar un comentario