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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
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lunes, 11 de marzo de 2013

¿Dónde está el cielo?





La muerte. Esa terrible e imprudente señora que siempre llega de manera inesperada, quita a todos el habla y muchas veces la razón. Cuando alguien está por morir o muere repentinamente, el mundo de los adultos siempre se ve impactado. Pero, ¿qué pasa cuando la muerte toca el territorio infantil? Aquí, aún más, sobreviene la mudez y el silencio. ¿Hay que hablarle a un niño de la muerte? ¿Cómo hacerlo? ¿Acaso están ellos en capacidad de entender este acontecimiento?
Algunos piensan –quizás por el dolor que implica hacerlo– que los pequeños no deben conocer de estos temas tempranamente, que ellos no están capacitados para entenderlos. En otras ocasiones, ante la implacable y directa pregunta los adultos terminan hablando del asunto luego de mil vueltas y muchos eufemismos. Es fácil decir que se trata de un tema difícil, lo verdaderamente difícil reside en abordarlo.
Los pequeños suelen preguntar por la muerte desde temprano. Alrededor de los cuatro años, casi todos han enfrentado a través de una mascota o persona cercana el problema de la desaparición física. La interrogación en esta edad suele ser concreta, ya que aún no se posee la madurez cognitiva suficiente para entender el significado de la muerte. ¿Cuándo te pongas vieja vas a morir? ¿Y qué va a pasar ahora con la tortuguita que se murió? ¿A dónde se va? ¿Dónde está el cielo? Preguntan tranquilamente. La ausencia de angustia resulta característica en esta etapa.
No es sino hasta los seis o siete años cuando los niños enfrentan el problema de la finitud desde otra óptica. Ya en la “edad de la razón”, los niños adquieren conciencia de otras limitaciones e imponderables. Cede la omnipotencia infantil y se comienzan a ver las dificultades e insuficiencias de los padres. Estas nuevas realidades son vividas también como una pérdida, así como poco a poco van perdiendo su pequeño cuerpo infantil. Es ahora, después del complejo de Edipo –de acuerdo con los psicoanalistas–, cuando la mente infantil se encuentra en capacidad de comprender la muerte en toda su compleja significación. Que ella existe porque existe la vida. Y que desde el mismo día del nacimiento todo ser viviente va camino a la muerte, de maneras diferentes, a ritmos diferentes, sin posibilidad de anticiparse, pero indefectiblemente hacia ella.
Hablarles, entonces, de manera sencilla y directa, de acuerdo con su capacidad de comprensión para el momento, resulta lo indicado. Cada respuesta acorde a la pregunta, cada idea o frase con la palabra apropiada. “Morimos cuando hemos terminado de vivir.” Además, habría que tener siempre presente que nadie muere realmente mientras permanezca en el corazón y la mente de sus seres queridos. La idea de la permanencia del objeto o sujeto perdido, a través del recuerdo que otras cosas y personas evocan de él, no es en absoluto esoterismo. Al contrario, patentiza la noción de esperanza y continuidad que todos debemos tener.
Existen pequeñas circunstancias de vida que enfrentan a los pequeños con esta problemática: la pérdida de algún objeto querido, la de un animal, el día de difuntos o la divertida idea del Halloween estadounidense (cada vez más celebrado en nuestros predios), permiten en muchos casos abordar de manera menos tensa el tema.
Más duro resulta enfrentar la muerte de los padres o de algún hermano. En estos casos el dolor y el sufrimiento no tienen nombre y sólo en ocasiones la posibilidad del tiempo permite la elaboración en el grupo familiar. El recorrido del duelo siempre será largo y pesado, y las palabras irán surgiendo en algún momento del camino. Unas pocas palabras y algún gesto corporal serán suficientes al inicio. Aquí, resulta importante no idealizar la figura de la persona que partió. Evitar la tendencia a culparse. Aun si el menor de los hijos no conoció a su hermano mayor difunto, por ejemplo, hay que hablarle de éste y de las razones de su partida. Ir en familia al cementerio, para que los más pequeños sepan dónde descansan los cuerpos de los que mueren, no es en sí mismo nocivo.
Por lo menos dos libros infantiles de cuentos sobre el tema pueden ser conseguidos con facilidad en Caracas: Sapo y la canción del mirlo, de Max Velthuijs, y El cielo, de Nicolás Allan, ambos de Ediciones Ekaré, plantean adecuadamente este tema tan espinoso.

domingo, 3 de marzo de 2013

Entre el bb (blackberry) y el bebé


Cada 10-15 minutos revisa el chat, se pasea por los twitts, actualiza Facebook, Blackberry Messenger. Para Diana es casi un comportamiento automático. Portar el bb abierto en todo momento es su manera de sentirse acompañada, en contacto con…
 Si en algo son parecidos los celulares inteligentes y los bebés, son en el tiempo corto que imponen a los demás, y respetando las particularidades de su materia originaria, en su pequeña y frágil humanidad. Un recién nacido demanda contacto cercano y frecuente, cuerpo a cuerpo con su madre. Que los dedos recorran su cuerpecito con la misma suavidad con la que se recorre la pantalla táctil de un Iphone. Que se los explore con cuidado y atención. Que se sepan leer sus estados fisiológicos y anímicos. Que se les dé información. Palabras de reconocimiento. Justamente, el germen de una inteligencia que tendrá que cultivarse desde múltiples entradas. 
Una mujer que acaba de tener su primer bebé, también necesita  sentirse inteligente, conectada, moderna. Teme que su bebé la saque del terreno de la comunicación global para sumergirla en un territorio ignoto de lenguajes indescifrables, sustancias viscosas. Esto le sucede a Diana. Acaba de tener su primer hijo, quizás demasiado pronto aunque su edad cronológica no lo confirme. Un destello fugaz de su consciencia y sentir le dicen que no está preparada.  Pero ¿cómo reconocerlo ahora? La experiencia la ha mantenido exhausta y asustada desde el primer día del parto. Atrás quedaron 9 meses de embarazo, las ilusiones que proporcionaron los preparativos, la alegría de sus padres. Todos los mensajes y post que nutrieron sus redes de contacto durante nueve meses.
Ahora se siente sola, descolgada. Con un cuerpecito inquieto al lado que no puede manejar. El mundo afuera, en su red de amigos sigue circulando y ella lo observa como desde otro mundo. Debería hacer algo para involucrarse pero no sabe qué. Tampoco sabe cómo hacerlo ahora que no está sola. En sus manos aparece el nerviosismo. Sube y baja incesantemente por la cadena de twitter. Abre y cierra el Messenger para buscar las actualizaciones. ¿De qué manera podría seguir participando?
Lo único que se espera de ella son imágenes: El niño comiendo, durmiendo, en el baño, cambiándole el pañal. Su viejo mundo de esposa joven y profesional se ha desvanecido. No puede pensar bien, su cabeza reporta la falta de sueño. Busca incesantemente algo que la conecte con un mundo diferente a las opiniones sobre la lactancia, los cólicos o las formas de estimulación temprana. ¡Qué fastidio! Abre y cierra ventanas desde su teléfono. Teclea algún mensaje corto. Sus manos logran la experticia cuando se trata de manejar el bb.
Diana entiende, entonces, que nunca fue preparada para esto. Un bebé es como regresar a un mundo arcaico de presencia continua y contacto real. Hay que aprender a mantener la conexión. Uno no  puede descolgarse a su antojo. Apagarlo o guardarlo para olvidarse que cargaremos con él por un tiempo largo e indefinido.

María del Carmen Míguez