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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
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domingo, 15 de junio de 2025

Apuntes sobre la función paterna



 Apuntes sobre la función de los padres


1.-Cada vez con mayor frecuencia la constitución de la familia contemporánea muestra diferencias con respecto al grupo familiar concebido tradicionalmente.

Padre, madre e hijos dejaron de ser los miembros nucleares del hogar. La familia extendida es un recuerdo lejano. El padre, muchas veces y por numerosas razones, tampoco vive con los hijos. Bien sea porque los padres se divorciaron, porque éstos nunca estuvieron casados o por su muerte, la crianza de los hijos suele incluir, con frecuencia, la pregunta por la ausencia del papá. También se puede encontrar padres que crían solos a los hijos. 

Pero por qué al abordar el tema, puede resultar más fácil hablar de la ausencia del padre y los problemas que se derivan de esto, que de lo contrario: de su presencia y potencial afectivo.

Creo que la cultura latinoamericana y caribeña juegan en este sentido una influencia fundamental. Estudios sobre la constitución de la familia venezolana, por ejemplo, indican que la misma tiene un carácter matricentrado. Es decir, la familia popular venezolana está conformada básicamente por la madre y los hijos. Con mucha frecuencia el padre no constituye una pareja estable con la madre, no se comparten responsabilidades en la crianza, y las funciones del padre se encuentran bastante diluidas y débiles. Esta realidad, sin embargo, no le resta importancia a la función estructurante de la figura paterna en la psique del niño.

En los sectores más jóvenes y educados de la población, se encuentran con cada vez mayor frecuencia padres que asumen su rol paterno de manera más comprometida y en acuerdo con la madre. Son parejas en las que se encuentra un mayor equilibrio en las responsabilidades propias de la crianza de los hijos.


2.-Cuando hablamos de función paterna o materna en el contexto colectivo, debemos tener en cuenta que lo social supone una diversidad y complejidad distinta de la que encaramos a nivel individual. La familia, las mujeres y hombres adultos en condiciones biológicas para tener hijos y asumir el rol de la parentalidad, no sólo difieren de aquellos individuos promedio del siglo pasado (quizás de la primera mitad) sino que, también, en la actualidad constituyen grupos variados de acuerdo a a su sexo biológico y a su género, de acuerdo a su educación, ideología y situación socioeconómica y de acuerdo al lugar del mundo al cual pertenezcan. Las familias contemporáneas están atravesadas por todas esas circunstancias y el padre y hombre de ahora, también.


3.-¿Qué podemos decir del padre desde el psicoanálisis, en el contexto actual? Seguramente muchas cosas, pero enumeramos aquí algunas de las principales: La función paterna y el contacto con “lo masculino” son indispensables para una estructuración psíquica y desarrollo afectivo adecuado.  -Al hablar de la función paterna no estamos hablando solamente de un hombre de carne y hueso, aunque la existencia de ese hombre como tal, resulta también fundamental. Tampoco nos referimos a la idea (no ley) de que los hombres son fuertes y las mujeres son débiles, ni en el plano psíquico ni en el mental. ¿Cómo se debe dar ese vínculo entre el padre y el hijo? ¿Qué es lo específico de ese vínculo?


4.-La “entrada del padre” en la díada temprana madre-hijo, constituye un elemento central para el proceso de individuación del niño y para el establecimiento de la identidad y la subjetividad. -La presencia y el lugar del padre es posibilitado por la madre y resulta clave que en la psique de ella la representación del padre esté inscripta. Está inscripción del padre en la mente de la madre, está marcada por el vínculo con su propio padre. -La regulación del vínculo entre la madre y los hijos, así como de los hijos entre sí es una de las funciones paternas. En ese sentido, resulta fundamental que quien ejerce ese rol sea una persona casta, que tenga internalizada una de las leyes fundamentales que estructuran la vida familiar y social, que permiten el desarrollo de la cultural: la prohibición del incesto. 


5.- Las funciones paternas están ligadas al establecimiento de la ley, las normas, pero también a la noción de libertad. El padre es una figura protectora y proveedora, pero no solo sobre temas materiales, económicos. También la figura paterna está ligada con la sensación de seguridad y confianza. La figura paterna tiene mucho que ver con la noción de futuro y la conformación de un proyecto de vida. El padre es la figura que provee al niño una primera interpretación del mundo externo, de la realidad. La función paterna está regida por el logos, el pensamiento y la palabra. En contraposición con la función materna que estaría centrada en el vínculo emocional, el afecto, lo intuitivo.


6.-En la actualidad quizás puede confrontarse la imagen del padre primordial, severo y conductor inquebrantable de la tribu, con el padre postmoderno mucho más teñido de elementos amorosos y frágiles, que lo pueden hacer ver en su vertiente necesitada más que portadora.  

Ahora encontramos un ejercicio de la paternidad que se involucra desde los primeros momentos del nacimiento del hijo. Los padres asisten con mucha frecuencia a los partos de sus parejas, participan en las tareas de los primeros cuidados del hijo, alimentación, higiene, sueño, acompañamiento. Aunque algunas mujeres viven esa colaboración como simple ayuda, colaboración, los hombres en su interioridad no lo sienten así.


 Hay un refrán venezolano que dice “buey no lame becerro”, que refleja esa vieja concepción que disocia y distancia al padre del mundo de los afectos y el contacto sensorial primario paterno filial.

El padre forma parte de la concepción, pero también de la ilusión del hijo. Muchas veces, sin embargo, es la madre la que teme esa cara ilusionada y afectiva del padre. Es en estos casos en los que ella puede constituirse en una barrera y expulsar a los hijos.


martes, 10 de diciembre de 2019

Las comunicaciones con los adolescentes

Muchos adultos se retuercen los sesos diariamente preguntándose cómo entrar en contacto con sus jóvenes hijos. Piensan largamente lo que les gustaría decirles, lo elaboran y ensayan de varias maneras. No quieren herir susceptibilidades o incurrir en errores de manejo. Teniendo los adolescentes tanta fama de difíciles, todo padre con hijos en ese rango de edad pareciera sentir la obligación de ser experto, casi un especialista. Como si se trataran de una especie rara que cuenta con un largo archivo de consideraciones.
  Pero decía que los padres por estas épocas suelen ensayar el acercamiento a sus hijos. Algunos se entrenan leyendo manuales o columnas como la de esta autora. Otros, confiando en su propia intuición, se abocan a la caza del mejor momento. Viven pendientes de atrapar el tema que les permita, como quien no quiere la cosa, indagar lo que pasa por sus cabezas.
  Los adolescentes suelen ser herméticos y silenciosos. Los padres observan su comportamiento y a partir de él infieren sus sentimientos, Claro está que quizás querrían plantear una conversación abierta con sus hijos. Sentados mientras se toman algo, a los padres les gustaría exponer el motivo de su preocupación, la advertencia o el llamado a la cordura como quien habla con un coetáneo. Imaginan un encuentro cara a cara, como si se estuviera tramitando un negocio de alto nivel. 
  En realidad, son muy escasas las oportunidades en las que un adolescente, propiamente dicho o uno tardío, acceden a una conversa en términos adultos. No es que no sea posible lograrla, pero la decisión de la misma estará en manos de ellos y no de los padres. En ciertas ocasiones, inexplicable e inesperadamente, los muchachos se acercan y buscan conversación. Como quien no quiere se arriman y ponen al descubierto el tema sobre el cual se ha estado cavilando meses enteros. Cuando ese día llega, en dos platos hablan de su preocupación por el cuerpo, de sus dudas vocacionales, de los conflictos con sus amigos o con sus parejas con franqueza y sin cortapisas. Es en esos momentos en donde no se puede salir con un “Hablamos más tarde porque ahora estoy ocupado”. 
  Cuando ese momento llega, se debe aprovechar. Se tendrán que dejar temporalmente las tareas que se estén realizando, habrá que dejar el celular de lado y, de la manera más natural posible, pasarse el switch y escuchar con toda atención lo que está tratando de decir nuestro querido y complicado joven. Habrá que preguntarse cuáles son las interrogantes que tal conversación plantea. Habrá que escuchar y, si él lo permite, darle algunos consejos. Habrá que ponerse de su lado apoyándolo en algunos de sus planteamientos y en otros tomar un poco de distancia y mostrarle la perspectiva que está dejando de lado. 

  Fuera de estos momentos especiales pero escasos, en donde las palabras con los hijos fluyen y se aceptan tranquilamente, hay que valerse de otros recursos para comunicarse con ellos. Se deben utilizar los mismos medios que estos manejan con facilidad. Un mensaje de texto o whatsapp por el celular, un correíto electrónico y hasta algún letrero pegado en la puerta de su cuarto recordándole la tarea o diligencia que debe hacer, pueden ser mucho más efectivos que todos los sermones mañaneros que se puedan dar. Si ellos normalmente se comunican con mensajes cortos e intermitentes, utilizando caritas, contracciones de palabras y otra cantidad de signos más, pues no lo dude más, apréndaselos y aplíquelos.

lunes, 21 de octubre de 2019

CUANDO PAPÁ NO ESTÁ




Cada vez con mayor frecuencia la constitución de la familia
contemporánea muestra diferencias con el grupo conocido tradicionalmente.
Padre, madre e hijos dejaron de ser los miembros
nucleares de todo hogar. En la actualidad, por ejemplo, la muchacha
de servicio ha pasado a ser una presencia más constante que la de
abuelos o parientes directos. El padre, muchas veces y por numerosas
razones, tampoco vive con los hijos.
Bien sea porque los padres se divorciaron, porque éstos nunca
estuvieron casados o por su muerte, la crianza de los muchachos suele
incluir la pregunta por la ausencia del papá. Ante esta interrogante, las
madres que con bastante competencia y decisión asumen solas la
responsabilidad de la descendencia suelen sentirse temerosas,
desorientadas y sin saber qué hacer. ¿Hay que hablar a los niños de
sus padres ausentes o desconocidos? ¿Cómo hacerlo de la mejor
manera, cuando en el fondo se mantienen profundas diferencias con
ellos?
Cada caso requiere seguramente un manejo específico. Se debe
considerar que la función paterna y el contacto con lo masculino son
indispensables para un desarrollo saludable. Por más independiente
que resulte la madre, el pequeño necesita saber sobre su padre
biológico. La función paterna puede ser suplida por algún otro
representante: nueva pareja de la madre, abuelos, tíos, pero el
conocimiento sobre su origen es un aspecto que jamás debe ser
escondido al niño. Ellos tienen derecho a conocer sobre el hombre que
intervino en su concepción. Con seguridad el deseo de vida prevaleció
para hacer posible la gestación del hijo y, aunque la madre
actualmente piense de manera diferente, resulta positivo escuchar
algunas palabras sobre esos momentos.
Todo niño se llega a preguntar sobre la razón de sus apellidos. Si el
pequeño usa el patronímico paterno debe saber por qué lo lleva y así
entender su significado genealógico. El uso de los apellidos tiene un
sentido ordenador y simbólico. Entender de estas razones introduce al
niño en un sistema de pensamiento más evolucionado y abstracto, que
le permite la comprensión de la cadena generacional y la evolución de
la sociedad. Es a través de su nombre que el niño conoce de su origen
y lugar en el mundo. Las dos o tres palabras con las que es nombrado
le aportan una identidad e individualidad indispensables para su
crecimiento.
En los casos en los que se lleva únicamente el apellido materno, con
más razón hay que explicarle al pequeño sobre el origen de su
persona. Un hijo sin reconocimiento paterno puede llegar a imaginar
que es producto de la unión entre su abuelo materno y su madre. En
su desconocimiento y lógica infantil puede fantasear el incesto, con
consecuencias para su evolución evidentemente indeseables.
Cuando la ausencia del papá se debe al divorcio, los problemas que
puede enfrentar el niño, aunque más comunes, quizás, no dejan de ser
igualmente importantes. Como plantea la psicoanalista venezolana
Alicia Leisse, “...un hombre y una mujer pueden haber sido incapaces
de hacer un buen matrimonio pero pueden hacer que lo sea su
divorcio”. Y buena parte de ese “éxito” reside justamente en el
acuerdo sobre los hijos comunes.
Después de todo se puede afirmar que, aunque el padre se ausente,
no asuma su responsabilidad o no lo hayan conocido nunca, “los
padres siguen siendo los padres” y todo niño tiene derecho a llevar en
su mente una imagen del hombre que le dio la vida.


lunes, 7 de octubre de 2019

Niños sin hermanos


















Los hermanos –cómo no decirlo– son aquellos seres que llegan para mostrar la diferencia. Son hijos de los mismos padres, con la misma herencia biológica y social, aproximadamente de la misma generación y, sin embargo, son otros radicalmente distintos en muchas cuestiones. A los hermanos los une una relación vitalicia y, aunque el tiempo y la madurez los distancien, ellos siempre aparecen en épocas de celebración y de crisis: bodas, nacimientos, velorios y divorcios. Casi siempre entre hermanos se aprecia la similitud y la diferencia, un espacio de intimidad y uno de separación.
En opinión de la analista junguiana Christine Downing, “ese carácter duradero contribuye a que sea la relación más segura en la que poder expresar hostilidad (más segura que la relación con nuestros padres, pues nunca dependemos tanto de un hermano como dependemos de los padres en la infancia –y en la imaginación); por ello el vínculo entre hermanos del mismo sexo es probablemente el más tenso, volátil y ambivalente que nunca conoceremos”.
Del mismo sexo o no, la experiencia del hermano es buscada hasta por aquellas personas que no los tienen en la realidad. El amigo íntimo puede ser el equivalente de una relación de hermandad. Con frecuencia, las familias conformadas por un hijo único se muestran dispuestas a recibir amigos y familiares en casa, como una forma de compensar la falta de otros hijos. Esta actitud del todo favorable contrarresta uno de los riesgos de las parejas con un único niño: la tendencia a quedar encerrados sobre sí mismos y no promover el desprendimiento y la diferenciación del pequeño.
La decisión cada vez más común entre las parejas de concebir un solo hijo coloca a los padres en la incertidumbre sobre sus ventajas y desventajas. El estereotipo del hijo único es comúnmente el del niño tímido, triste y solitario que se mueve con soltura entre los grandes, pero que no juega y se le dificulta compartir. Ningún padre desea para un hijo esta imagen. Pero como la realidad se encarga muchas veces de impedir un hermano, vale para los padres tener conciencia de los riesgos que en el desarrollo y maduración psicológica del niño puede traer el estatuto de único. 
Las ventajas de no contar con hermanos las conocen muy bien quienes los tienen. En esos momentos de odio y celos cuando se anhelan todos los juguetes, toda la habitación, la computadora y hasta los padres para uno solo. ¡Qué maravilloso sería!, comentan los chicos en la cúspide de la rabia. Sin embargo, son los adultos en primera instancia quienes comprenden que sus hijos necesitan compartir y relacionarse con otros de su edad. Algunos progenitores pretenden sustituir esa falta colocándose frente a los hijos en posición de compañero: juegan en el piso, los acompañan en todas las aventuras y pretenden convertirse en sus amigos. Justamente es esta actitud –motivada en una idea de compensación– la que suele confundir a los niños sin hermanos. Un padre es un padre y un hermano es un hermano, no existe la posibilidad de intercambiar estos roles sin que internamente algo se afecte. No resulta saludable que un niño se represente como el centro de la existencia de sus padres. Fundamentalmente las madres deben desarrollar otros intereses y actividades diferentes a la dedicación a su retoño. Una mujer que dedica todo su tiempo y capacidades al único hijo que tuvo, está –sin proponérselo– creándole un conflicto profundo para su futura vida adulta.

El juego de las alianzas cobra especial importancia en las familias de tres miembros. En estos casos siempre uno quedará excluido y solo. La pareja de padres debe prestar especial atención a que el hijo los perciba como tales. Todos los matrimonios, pero especialmente los que han tenido a un único niño, deben cultivar y disfrutar de las amistades. La sociabilidad es la vía más directa para garantizar que el pequeño comparta y se relacione con otros de su edad. También será la forma en que podrá identificarse con unos padres abiertos y alegres. Cuando la familia extendida es grande, el niño se vinculará con los primos como si fueran hermanos. Sin duda, la experiencia de la hermandad resulta fundamental pues nos da la noción del otro.

jueves, 19 de septiembre de 2019

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE LOS LÍMITES




En esas reuniones de intenso colorido local que son las piñatas,
escuché a una maestra contar alarmada cómo cada día los niñitos del
preescolar donde trabaja recibían a sus madres golpeándolas con el
pequeño bolso donde llevan la merienda sin que éstas reaccionasen.
La maestra, que también es madre, continuó refiriendo a su grupo de
amigas la dificultad que tenía para hacerle entender a su hija que “hay
cosas que no se hacen” y que “cuando ella dice no, es no”. Con un
gesto afirmativo de familiaridad, respondieron el resto de las señoras a
las inquietantes historias de la maestra. “¡Hay que ponerles límites a
nuestros hijos!”, concluyeron todas.
A qué se referían cuando hablaban de límites es algo que no está
claro. El término resulta ambiguo, pero se escucha cada vez más en

las voces de educadores y padres. La creencia de que en la actualidad
se ha ido demasiado lejos en cuanto a la permisividad con los niños
también se ha vuelto una moneda de uso frecuente. Se escucha a los
adultos reivindicar los castigos y palizas que ellos mismos sufrieron de
sus padres, en un gesto que suele mostrar más confusión que
convicción. Manejar las expresiones de agresividad que en diferentes
situaciones muestran los pequeños implica una labor lenta y
complicada. El estado de ánimo del adulto para el momento determina
la respuesta que pueda darse. Ciertamente, hay días en que no se está
de ánimo y se tiende a intervenir de manera brusca. Los padres son
humanos, sin duda. Pero reivindicar antiguos métodos de educación,
violentos y vejatorios del niño, deja de lado la consideración básica de
que ellos también son sujetos con posibilidades de intercambio y
comunicación, no simples objetos a manipular.
La palabra “límites” ha sido adoptada por psicólogos y orientadores.
Su significado original se encuentra asociado a la idea de demarcar,
delimitar un territorio, por ejemplo. Utilizar el término equivale a
querer demarcar las relaciones con los otros. Así, los padres al “poner
límites” estarían definiendo sus relaciones con los hijos, a la vez que
permitirían que el propio muchacho se delimitara como persona. En
otras palabras, aclararían las reglas del juego familiar y social,
definiendo las normas, deberes, derechos y prohibiciones de cada cual.
Marcarían la ley.
La dificultad que presenta la mayoría de los adultos que educan
reside en cómo implementar y transmitir las normas y prohibiciones.
Formas y estilos de actuar hay muchos, afortunadamente. Y considerar
la especificidad de la problemática planteada puede ser clave para la
búsqueda de una salida. El comportamiento de cada joven o infante
está sostenido por un motivo. Tratar de aclarar la razón que lo condujo
a la situación conflictiva resulta más útil que la utilización de fórmulas
y respuestas prefijadas.
“Poner límites” y marcar los bordes de lo permitido pasa por mostrar
que también se está dentro de los linderos de la ley. Cuando los
padres y educadores sostienen la postura de: “No puedes hacer esto
porque tampoco nosotros podemos”, o expresan la conseja: “No hagas
a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, niños y jóvenes
suelen captar las prohibiciones con mayor facilidad. No se pueden
pretender privilegios por el simple hecho de ser adultos. Como refería
Françoise Dolto: “La vida social de los seres humanos implica el
dominio de los deseos según la ley, la misma para todos”. Hay que
sostener en la conversación el sentido de las prohibiciones y el motivo
del cese de algunas de éstas con la experiencia, el crecimiento y
desarrollo de ciertas habilidades.
La educación de los hijos no es una tarea de un solo intento. Pensar

que una explicación o aclaración bastan para que se desista de la
intención vedada es una ilusión que en ocasiones suele frustrar a los
padres. Marcar los límites de acción de un niño y prohibir la práctica de
ciertos deseos son pruebas difíciles tanto para los padres como para
los niños. Siempre penosas en el momento de producirse.
II
Existen prohibiciones y rupturas que son inevitables y necesarias
para el desarrollo y formación del ser humano. Aunque sea una tarea
difícil y penosa para todos, establecer dichos límites garantiza una
constitución más sana, bajo el punto de vista psíquico y social. Por
paradójico que parezca, las normas y prohibiciones resultan
aseguradoras y permiten el desarrollo de los deseos de vida y un
sentido ético del placer.
Todos coinciden en señalar al nacimiento como la primera e
inevitable ruptura del proceso. La llegada al mundo del bebé revela,
tanto a la madre como al propio niño, la verdad de una separación. El
corte del cordón umbilical pone fin a una unidad y dice de la existencia
de dos seres distintos. Unidos por un vínculo afectivo y de
dependencia, ambos deberán reconocerse como personas diferentes.
Al bebé inmaduro, este proceso le tomará un tiempo que es
psicológico y biológico a la vez.
El amamantamiento y el destete continúan el sentido de la primera
experiencia, marcando un límite a la relación cuerpo a cuerpo. A un
circuito corto de comunicación madre-niño –pezón-boca– se impone el
establecimiento de un circuito más largo, el de la palabra. El destete
posibilita el ejercicio de la comunicación oral y afirma al niño frente a
su madre. El niño a partir de ese momento podrá decir: “No, yo no
quiero”, iniciándose el productivo período del negativismo infantil.
Luego, con la etapa de educación esfinteriana, se regula y limita la
libre acción. El control de la musculatura anal y vesical es un proceso
que para iniciarse requiere de ciertos requisitos madurativos. Con su
adquisición, el niño entiende que hay lugares y normas con sentido
para ejecutar las cosas. Ya no puede hacer pupú y pipí donde quiera,
sino en el lugar destinado para ello. Donde acuden todos, incluso los
adultos. El control de esfínteres y el aumento de las destrezas motoras
que el niño adquiere para esa edad serán los basamentos de la idea
ética que plantea: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a
ti”. Y, como derivado de esta idea central, la prohibición de la
agresión, el robo y el homicidio. Al final de esta etapa, habrá adquirido
mayor autonomía.
El conocimiento y la asunción de la pertenencia a un sexo, junto a la
prohibición de los deseos incestuosos, tanto homosexuales como
heterosexuales, posibilitan como etapa final el ingreso del niño a la

civilización y a la cultura como sujeto pensante.
Nacimiento, destete, control de esfínteres y prohibición del incesto
son, en resumen, la esencia de todo lo que se ha denominado límites y
que los padres sienten necesario implementar en el proceso formativo.
Reconocer que se es un ser distinto y separado del hijo y a la inversa.
Que ambos enfrentan circunstancias diferentes, con derechos y
deberes ajustados a la edad. Donde el lenguaje es el medio de
comunicación fundamental, con oportunidad de ambas partes a decir:
“Yo, como diferente de ti, quiero o no quiero...”. Saber que se está
sometido como el resto de los humanos a leyes que regulan la acción y
los deseos, sean estos sexuales o no. Son los principios básicos
morales y éticos que rigen el comportamiento social.
Muchos padres quieren transmitir a sus hijos estas ideas y normas y
a veces no saben cómo. En oportunidades, se olvida la propia
condición de sujetos sometidos a las mismas leyes y normas. Se
piensa que por ser padres se detenta el poder y el derecho. También
se dan por sobreentendidos estos principios y no se conversa ¡Craso
error! No es fácil comprender que los límites están porque los deseos
existen, y aunque se los eduque su fuerza intrínseca los conducirá a
tantear los bordes y olfatear las fisuras para deslizarse.
En la infancia, sobre todo, se prueba constantemente los límites de
los padres. A veces los hijos quieren que sus padres se comporten
como ellos desearían. Niegan y temen las diferencias. No explican lo
que anhelan o no pueden explicarlo. Lo actúan simplemente. Ellos aún
no han internalizado las normas y la ley. Justamente en esto consiste
la diferencia entre pequeños y grandes.