contemporánea muestra diferencias con el grupo conocido tradicionalmente.
Padre, madre e hijos dejaron de ser los miembros
nucleares de todo hogar. En la actualidad, por ejemplo, la muchacha
de servicio ha pasado a ser una presencia más constante que la de
abuelos o parientes directos. El padre, muchas veces y por numerosas
razones, tampoco vive con los hijos.
Bien sea porque los padres se divorciaron, porque éstos nunca
estuvieron casados o por su muerte, la crianza de los muchachos suele
incluir la pregunta por la ausencia del papá. Ante esta interrogante, las
madres que con bastante competencia y decisión asumen solas la
responsabilidad de la descendencia suelen sentirse temerosas,
desorientadas y sin saber qué hacer. ¿Hay que hablar a los niños de
sus padres ausentes o desconocidos? ¿Cómo hacerlo de la mejor
manera, cuando en el fondo se mantienen profundas diferencias con
ellos?
Cada caso requiere seguramente un manejo específico. Se debe
considerar que la función paterna y el contacto con lo masculino son
indispensables para un desarrollo saludable. Por más independiente
que resulte la madre, el pequeño necesita saber sobre su padre
biológico. La función paterna puede ser suplida por algún otro
representante: nueva pareja de la madre, abuelos, tíos, pero el
conocimiento sobre su origen es un aspecto que jamás debe ser
escondido al niño. Ellos tienen derecho a conocer sobre el hombre que
intervino en su concepción. Con seguridad el deseo de vida prevaleció
para hacer posible la gestación del hijo y, aunque la madre
actualmente piense de manera diferente, resulta positivo escuchar
algunas palabras sobre esos momentos.
Todo niño se llega a preguntar sobre la razón de sus apellidos. Si el
pequeño usa el patronímico paterno debe saber por qué lo lleva y así
entender su significado genealógico. El uso de los apellidos tiene un
sentido ordenador y simbólico. Entender de estas razones introduce al
niño en un sistema de pensamiento más evolucionado y abstracto, que
le permite la comprensión de la cadena generacional y la evolución de
la sociedad. Es a través de su nombre que el niño conoce de su origen
y lugar en el mundo. Las dos o tres palabras con las que es nombrado
le aportan una identidad e individualidad indispensables para su
crecimiento.
En los casos en los que se lleva únicamente el apellido materno, con
más razón hay que explicarle al pequeño sobre el origen de su
persona. Un hijo sin reconocimiento paterno puede llegar a imaginar
que es producto de la unión entre su abuelo materno y su madre. En
su desconocimiento y lógica infantil puede fantasear el incesto, con
consecuencias para su evolución evidentemente indeseables.
Cuando la ausencia del papá se debe al divorcio, los problemas que
puede enfrentar el niño, aunque más comunes, quizás, no dejan de ser
igualmente importantes. Como plantea la psicoanalista venezolana
Alicia Leisse, “...un hombre y una mujer pueden haber sido incapaces
de hacer un buen matrimonio pero pueden hacer que lo sea su
divorcio”. Y buena parte de ese “éxito” reside justamente en el
acuerdo sobre los hijos comunes.
Después de todo se puede afirmar que, aunque el padre se ausente,
no asuma su responsabilidad o no lo hayan conocido nunca, “los
padres siguen siendo los padres” y todo niño tiene derecho a llevar en
su mente una imagen del hombre que le dio la vida.

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