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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
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martes, 10 de diciembre de 2019

Las comunicaciones con los adolescentes

Muchos adultos se retuercen los sesos diariamente preguntándose cómo entrar en contacto con sus jóvenes hijos. Piensan largamente lo que les gustaría decirles, lo elaboran y ensayan de varias maneras. No quieren herir susceptibilidades o incurrir en errores de manejo. Teniendo los adolescentes tanta fama de difíciles, todo padre con hijos en ese rango de edad pareciera sentir la obligación de ser experto, casi un especialista. Como si se trataran de una especie rara que cuenta con un largo archivo de consideraciones.
  Pero decía que los padres por estas épocas suelen ensayar el acercamiento a sus hijos. Algunos se entrenan leyendo manuales o columnas como la de esta autora. Otros, confiando en su propia intuición, se abocan a la caza del mejor momento. Viven pendientes de atrapar el tema que les permita, como quien no quiere la cosa, indagar lo que pasa por sus cabezas.
  Los adolescentes suelen ser herméticos y silenciosos. Los padres observan su comportamiento y a partir de él infieren sus sentimientos, Claro está que quizás querrían plantear una conversación abierta con sus hijos. Sentados mientras se toman algo, a los padres les gustaría exponer el motivo de su preocupación, la advertencia o el llamado a la cordura como quien habla con un coetáneo. Imaginan un encuentro cara a cara, como si se estuviera tramitando un negocio de alto nivel. 
  En realidad, son muy escasas las oportunidades en las que un adolescente, propiamente dicho o uno tardío, acceden a una conversa en términos adultos. No es que no sea posible lograrla, pero la decisión de la misma estará en manos de ellos y no de los padres. En ciertas ocasiones, inexplicable e inesperadamente, los muchachos se acercan y buscan conversación. Como quien no quiere se arriman y ponen al descubierto el tema sobre el cual se ha estado cavilando meses enteros. Cuando ese día llega, en dos platos hablan de su preocupación por el cuerpo, de sus dudas vocacionales, de los conflictos con sus amigos o con sus parejas con franqueza y sin cortapisas. Es en esos momentos en donde no se puede salir con un “Hablamos más tarde porque ahora estoy ocupado”. 
  Cuando ese momento llega, se debe aprovechar. Se tendrán que dejar temporalmente las tareas que se estén realizando, habrá que dejar el celular de lado y, de la manera más natural posible, pasarse el switch y escuchar con toda atención lo que está tratando de decir nuestro querido y complicado joven. Habrá que preguntarse cuáles son las interrogantes que tal conversación plantea. Habrá que escuchar y, si él lo permite, darle algunos consejos. Habrá que ponerse de su lado apoyándolo en algunos de sus planteamientos y en otros tomar un poco de distancia y mostrarle la perspectiva que está dejando de lado. 

  Fuera de estos momentos especiales pero escasos, en donde las palabras con los hijos fluyen y se aceptan tranquilamente, hay que valerse de otros recursos para comunicarse con ellos. Se deben utilizar los mismos medios que estos manejan con facilidad. Un mensaje de texto o whatsapp por el celular, un correíto electrónico y hasta algún letrero pegado en la puerta de su cuarto recordándole la tarea o diligencia que debe hacer, pueden ser mucho más efectivos que todos los sermones mañaneros que se puedan dar. Si ellos normalmente se comunican con mensajes cortos e intermitentes, utilizando caritas, contracciones de palabras y otra cantidad de signos más, pues no lo dude más, apréndaselos y aplíquelos.

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