La necesidad de límites -frase en uso entre psicólogos y educadores- da cuenta del marco dentro del cual se deben amoldar los comportamientos de niños y adolescentes, con el objeto de garantizar conductas adecuadas para la convivencia y el orden. A los niños tremendos, agresivos o desobedientes se les “receta” la puesta de límites. Con frecuencia, se escucha decir a los especialistas: “estos padres tienen dificultad para establecer límites. Se deben poner normas claras y explícitas”. Con la invocación incesante de la maravilla de los límites, en muchas oportunidades, se termina por concebir -más bien- espacios limitados para los hijos.
Que se establezcan límites no quiere decir de ninguna manera que se deba asfixiar a los niños y jóvenes con reglas, horarios y tareas. La ausencia de espacios libres para el ocio, el juego y la experimentación es una circunstancia cada vez más frecuente en la sociedad contemporánea y sobretodo, en los espacios urbanos. Los niños, suelen tener el día pautado de antemano, de la mañana a la noche, con actividades dirigidas y preestablecidas. Convencer a ciertos adultos que se deben permitir momentos en los que niños y jóvenes puedan hacer lo que les venga en gana, no resulta del todo fácil.
Todas las actividades infantiles incluyendo la música y el arte, suelen estar cronometradas, y ser pensadas por los progenitores en términos de rendimiento y capacitación futura. Se está intoxicando a las nuevas generaciones con la idea del éxito profesional y académico, olvidando que toda posibilidad de triunfo personal y de la personalidad, pasa por la necesidad básica de contar con espacios para la expresión de las fuerzas más profundamente innatas y primitivas propias de la naturaleza humana. No es que ordenar y canalizar los impulsos y la energía vital no sea bueno, es que el ser humano en crecimiento necesita experimentar sus propias “tremenduras”. Y estas pueden resultar de mayor utilidad para el crecimiento y la maduración si afloran en un espacio suficientemente libre y seguro.
Que en una clase de Karate, un niño comience a experimentar con las posibilidades de fuerza y flexibilidad de su cuerpo, puede resultar inadecuado para un profesor que lo que quiere es que los niños memoricen los diferentes katas. Que en una clase de teoría y solfeo un joven comience a improvisar con los sonidos de su flauta puede ser perturbador. Aún más, que en un recreo de 10 o 15 minutos los niños comiencen a correr y gritar es de seguro sancionable. Lo que no debe ser impedido es que los niños puedan, en algún momento de su día a día, tener espacios para hacer lo que les venga en gana. Así como lo oyen. Para correr, brincar, gritar, jugar y probar formas de relación con sus pares, con el único margen que garantiza su seguridad física.
Que una madre, un educador o una familia, puedan permitir y tolerar momentos de desorden, espacios sin límites o ciertos “ratos locos”, resulta fundamental para una integración adecuada de las experiencias de vida. Llegar “hasta el final” en la manifestación de las fuerzas pulsionales, bajo la mirada atenta pero permisiva de un adulto tranquilo, que no confunda sus propios temores con la realidad es sin duda provechoso.

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