"Al nacer
y hasta el primer año de vida se asume naturalmente y casi con unanimidad que
los pequeños necesitan del pañal. Pero una vez lograda la marcha, cuando los
bebés comienzan a caminar, surge la duda entre los adultos: “Habrá llegado el momento
de ponerlos en el orinal?, ¿a qué edad se debe iniciar la educación del control
de esfínteres?, o ¿a partir de qué edad la incontinencia (o enuresis)
constituye un problema a considerar?’’.
La
aparición y masificación de los pañales desechables ha añadido un nuevo
ingrediente a la situación. Cuando eran exclusivamente de tela, las madres
tendían a introducir el vasito desde temprano. No sólo por el gran trabajo que
representaba limpiar y lavar los pañales, sino además porque su escasa
absorción podía propiciar un problema de salud en el pequeño, sobre todo en
climas fríos. Con los desechables las madres dejaron de ver en la incontinencia
de sus hijos un trabajo desagradable y un peligro para su bienestar.
Hoy en día, la mayoría de los pediatras y
especialistas en niños refieren los dos años como la edad indicada para iniciar
la transformación. Sin embargo, resulta importante reconocer que existen
diferencias individuales y de género. No todos los niños se hacen continentes
de la misma manera o al mismo tiempo. Tampoco todas las madres suelen tolerar
igual esta etapa de transición. La continencia esfinteriana es un hecho que
tarde o temprano todos los padres esperan de sus hijos. La razón por la cual se
subrayan los veinticuatro meses como el momento adecuado corresponde al hecho
de que la continencia es el resultado de un proceso de madurez y desarrollo
neurofisiológico que culmina aproximadamente a esa edad. Desde la perspectiva
actual, el abandono del pañal es una situación natural del crecimiento, y la
educación consistirá únicamente en enseñar al niño a depositar sus excrementos
en el lugar destinado para ello. No se educa a los esfínteres cuyo
funcionamiento responde a factores biológicos; se enseña al sujeto las
normativas sociales de ubicación de los productos de su cuerpo. Las niñas
suelen aprender más rápidamente que los varones por características de tipo
constitucional y fisiológico, no porque sean más “pilas” que ellos, como alguna
vez se pensó.
Los aspectos
psicológicos, sin duda, influyen en esta situación y es entre ellos que suelen
inscribirse los problemas de enuresis. La ausencia de control sobre la orina se
considera un síntoma después de los cinco años, aunque para la edad de tres se
supone que debe estar adquirido el control. La enuresis puede ser simplemente
nocturna o general, puede presentarse después que se ha adquirido el control,
como un retroceso o ser de tipo primario, es decir, sin que antes se haya sido
continente.
Para las
psicoanalistas venezolanas Alicia Leisse y Ana Teresa Torres, la enuresis puede
representar una forma de rebelión del niño, cuando éste ha sido sometido a una
disciplina rígida y precoz con medidas estrictas sobre la adquisición de todos
los hábitos, o también en situaciones en donde el niño ve amenazada su
seguridad por algún acontecimiento externo: “La llegada de un hermano, comienzo
de la escuela, divorcio, pérdida de alguna figura importante”; en estas
circunstancias se suele regresar a una etapa anterior del desarrollo. Después
de un traumatismo, una intervención quirúrgica, una enfermedad e incluso luego
de ataques sexuales, la incontinencia se manifiesta con frecuencia. Por último,
“la enuresis puede ser el resultado de la falta de educación evacuativa, siendo
el orinarse en la cama más bien una pauta familiar”.
La educación de los pequeños sobre este aspecto del
desarrollo es un proceso que toma tiempo. Se debe estar atento al ritmo natural
de las evacuaciones que va mostrando el niño y poder anticiparse a éstas, sin
necesidad de obligarlo a permanecer sentado largas horas en la bacinilla.
Colocarle ropa interior de tela, aunque resulta más trabajoso para el adulto,
permite que el infante perciba de manera directa las consecuencias de sus actos.
Es básico darle a conocer que el resto de sus seres queridos hacen pipí y pupú
únicamente en el espacio de la casa que se conoce como baño. Por ello, la
bacinilla debe ser ubicada y utilizada siempre en este recinto. Sentar al hijo
en la cocina, frente al televisor o incluso en la sala mientras se atienden
algunas visitas, forma parte de una actitud exhibicionista que el propio
pequeño resentirá.
En ocasiones, el control nocturno se adquiere un
poco más tarde. No por ello hay que estar despertando al chiquito durante toda
la noche para que vaya al baño. Pero debe crearse el hábito de vaciar la
vejiga, junto a otras actividades higiénicas, antes de irse a la cama. No
obstante, si el problema ya está instalado y el niño moja la cama
repetidamente, más allá de las medidas educativas los padres deben reconocer
que se trata de un síntoma. Que no es una actitud voluntaria del niño y que
siempre requiere atención especializada. El sentido común asegura: “un niño
enurésico no se mejora obligándolo a lavar la ropa mojada”.
Del libro Aprender a ser padres de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas. 2012
Del libro Aprender a ser padres de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas. 2012


































