Existen padres que se relacionan con su familia desde lo más hondo de sus pasiones instintivas. Son padres en los que el amor y el odio se amalgaman, expresándose en conductas bizarras, difíciles de discernir. Por amor insultan y vejan a los suyos. Cuando se les discrepa saltan en cólera y no pueden evitar el impulso de destruir al que piense diferente. Toman medidas absurdas que generan malestar y sufrimiento entre sus familiares, utilizando argumentos que invocan razones remotas y fuera de realidad. Son padres terroríficos, que generan temor a su alrededor, parecen invencibles y extra fuertes, pero la verdad es que en su interior son extremadamente frágiles y dependientes.
Estos padres necesitan que sus hijos y sus mujeres (difícilmente se conforman con una única compañera), los estén reconociendo y reafirmando constantemente. Para ellos, sus descendientes les deben obediencia y admiración eterna. No conciben que sus pequeños, por efecto del tiempo y la maduración, crezcan y reclamen para sí independencia y poder de decisión. Ellos quieren ser por siempre los jefes máximos, exigen ser consultados hasta para los mínimos detalles, no pueden delegar, porque no confían en nadie. Dentro de la lógica primitiva de esta mentalidad, el que otro sea capaz y competente significa inequívocamente una descalificación de su sí mismo. No toleran imaginarse que el resto de las personas sean buenas o incluso mejores que ellos en ciertas áreas.
Para este padre primordial que Sigmund Freud caracterizó muy bien en su trabajo Tótem y Tabú (1912), todos los de su grupo deben estar a sus órdenes. Mientras sus hermanos, mujeres e hijos se encuentren en situación de minusvalía o necesidad y acudan sistemáticamente a él para solicitar sus favores, este padre reposará tranquilo y satisfecho, embriagado en el hálito de su propio narcisismo, hasta parecerá un ser sensible y bonachón. Pero en cuanto alguien pretenda cierto margen de autonomía, o si incluso, uno de los suyos osara a querer sustituirlo en su función de máxima autoridad, saltará iracundo a destruir tal pretensión.
Estos jefes de hogar, déspotas, atemorizantes, representan el arquetipo de lo masculino salvaje. Como en la película italiana Padre Padrone (1977) de los hermanos Taviani, no ven con buenos ojos la escuela, ni los profesores. La educación como estímulo de la capacidad de pensar representa para ellos un gran peligro. Necesitan descendientes y discípulos ignorantes, dispuestos a trabajar por ellos incansablemente, hasta el final; siempre y cuando no se pregunten nada, no razonen y mucho menos cuestionen.
Muchos me dirán que hombres así han dejado de existir por efecto de la cultura y la civilización. Que por estos tiempos los padres son seres tolerantes, conscientes de su importancia como guías, pero dispuestos a estimular el crecimiento y la independencia. Capaces de aceptar la idea de que, si todo va bien, serán desplazados. Efectivamente, para un padre de hoy todo hijo debería poder ser, en primer lugar, mejor persona.
Normalmente todo padre evolucionado, querrá que los suyos superen las limitaciones con las que ellos no pudieron. Negarse al cambio, conducirá inevitablemente a un fracaso. Pues lo que sí se puede afirmar, no es que no existan aún padres primitivos, sino que no existen ya hijos, ni grupo familiar, dispuestos a aguantar por miedo a un déspota de semejante naturaleza.
Una mirada psicoanalítica al mundo de la familia, la infancia y la adolescencia.
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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.____________________________________________________
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domingo, 16 de junio de 2019
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