___________________________

Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
____________________________________________________

jueves, 5 de septiembre de 2019

El tiempo en los niños





La vivencia del tiempo es para todos una experiencia subjetiva. Pero para los niños el paso de las horas ocurre con un ritmo totalmente diferente al de los adultos. Hasta más o menos la edad de siete años, época en la cual las nociones que nos permiten demarcar el curso del tiempo son entendidas plenamente, a un niño un día le puede parecer un siglo y a la inversa.
Explicarle a un pequeño que su cumpleaños es el mes que viene, que su papá se fue de viaje y viene pasado mañana o que a partir de esta semana comenzó un año nuevo, puede ser una experiencia complicada porque su pensamiento es de tipo pre-operacional. La idea del tiempo es totalmente abstracta y requiere de una inteligencia representativa que el niño tarda en adquirir ( Jean Piaget).
Para los niños el girar del reloj está ligado de una manera indisoluble –y más vital que en los grandes– al objeto de su necesidad y de su amor. Tiempo y afecto, tiempo y deseo, conforman la llave de la experiencia de vida en todos, pero en los niños la determina de manera primordial. Resulta común la experiencia de que la espera ansiosa de algo o alguien importante nos parezca una eternidad o que unos días de disfrute y placer desaparezcan como un flash.
 Un bebé de menos de dos años registrará invariablemente el paso de las horas, por el aparecer y desaparecer de su madre y de sus personas queridas. En principio, la ausencia del objeto es vivida como irrecuperable pues el niño es incapaz de imaginarlo sin su presencia real, pero también porque para él lo que no se ve o se siente no existe. Más adelante, con la internalización de la imagen materna, el niño puede prever su reaparición en el futuro inmediato, logrando así contener lo que conocemos como angustia de separación.
A veces, se olvida que la vivencia del paso del tiempo en los niños sucede a un ritmo diferente, mucho más lento quizás, porque su mundo interno todavía no es tan rico en significaciones y depende más estrechamente de su pequeño y palpable universo familiar. Así, se escucha decir en oportunidades: “No importa, el bebé no se da cuenta, voy a estar fuera una semana nada más”, utilizando un criterio adulto de lo temporal.
Los niños siempre se dan cuenta y se percatan de lo que pasa a su alrededor, aunque no puedan organizar en su mente la experiencia tal como se esperaría al final del crecimiento. Aunque los términos de ayer o mañana no sean del todo comprensibles y el futuro sea importante en la medida en que pueda presentarse ya, en su presente vital, hay que hablarles a los niños de nuestros criterios temporales. Hay que informarlos de nuestros movimientos y ausencias por más pequeños que parezcan. Ellos necesitan ir entendiendo el valor de lo pasado pero también la importancia de la promesa futura, guía de todos nuestros ideales.
Para hablarles a los infantes del tiempo se pueden tomar los elementos concretos perceptibles que rodean su rutina de vida. A través de ella, el niño puede ir entendiendo la idea de un antes y un después. Los propios ritmos biológicos de hambre y sueño, la constatación de la existencia de un día con luz y sol y una noche oscura con luna y estrellas, son recursos válidos para la explicación de la dimensión temporal.
En la literatura infantil se encuentran buenos ejemplos sobre la existencia de un orden cíclico en la naturaleza. No obstante y a pesar de todas las explicaciones, sólo la maravillosa mente infantil permitirá disfrutar a los adultos de frases como esta: “Mañana yo fui a la fiesta de mi primo”. Como planteó en una oportunidad el psiquiatra Fernando Rísquez, la madurez consiste en la capacidad de espera. Para entender que las cosas no son ahora, ya, cuando las queremos, sino mañana o en un indeterminado futuro, hay que crecer y madurar. Hecho que por suerte se toma su tiempo.

sábado, 3 de agosto de 2019

Migración venezolana


Todo venezolano tiene a algún familiar que ha tenido que emigrar del país voluntaria o forzosamente. Esta actividad sobre migración realizada en el 2019 por Ciudad Laboratorio y que tuvimos el gusto de acompañar. Consistió en caminar por distintos puntos de un sector de la ciudad, nos deteníamos y se reproducía un audio con los relatos de venezolanos emigrados que intentaban llamar la atención de los peatones. Luego comentábamos lo que cada uno de esos relatos suscitaban en los que allí estábamos.

Pude hablar con varios de los allí presentes de la naturaleza del duelo implícito en los procesos de emigración. Subrayar el poder de la palabra como forma de procesar la separación de un miembro de la familia. Destacar también la enorme experiencia que puede obtenerse de la migración, la ampliación de las perspectivas personales y familiares.

Después de varias paradas el evento se cerró en la plaza de Chacaito pintando con tiza en el suelo una especie de mapa colectivo con los nombres de los países y de los familiares y amigos que allí habían emigrado.

domingo, 16 de junio de 2019

PADRES PRIMITIVOS

Existen padres que se relacionan con su familia desde lo más hondo de sus pasiones instintivas. Son padres en los que el amor y el odio se amalgaman, expresándose en conductas bizarras, difíciles de discernir. Por amor insultan y vejan a los suyos. Cuando se les discrepa saltan en cólera y no pueden evitar el impulso de destruir al que piense diferente. Toman medidas absurdas que generan malestar y sufrimiento entre sus familiares, utilizando argumentos que invocan razones remotas y fuera de realidad. Son padres terroríficos, que generan temor a su alrededor, parecen invencibles y extra fuertes, pero la verdad es que en su interior son extremadamente frágiles y dependientes.
Estos padres necesitan que sus hijos y sus mujeres (difícilmente se conforman con una única compañera), los estén reconociendo y reafirmando constantemente. Para ellos, sus descendientes les deben obediencia y admiración eterna. No conciben que sus pequeños, por efecto del tiempo y la maduración, crezcan y reclamen para sí independencia y poder de decisión. Ellos quieren ser por siempre los jefes máximos, exigen ser consultados hasta para los mínimos detalles, no pueden delegar, porque no confían en nadie. Dentro de la lógica primitiva de esta mentalidad, el que otro sea capaz y competente significa inequívocamente una descalificación de su sí mismo. No toleran imaginarse que el resto de las personas sean buenas o incluso mejores que ellos en ciertas áreas.
Para este padre primordial que Sigmund Freud caracterizó muy bien en su trabajo Tótem y Tabú (1912), todos los de su grupo deben estar a sus órdenes. Mientras sus hermanos, mujeres e hijos se encuentren en situación de minusvalía o necesidad y acudan sistemáticamente a él para solicitar sus favores, este padre reposará tranquilo y satisfecho, embriagado en el hálito de su propio narcisismo, hasta parecerá un ser sensible y bonachón. Pero en cuanto alguien pretenda cierto margen de autonomía, o si incluso, uno de los suyos osara a querer sustituirlo en su función de máxima autoridad, saltará iracundo a destruir tal pretensión.
Estos jefes de hogar, déspotas, atemorizantes, representan el arquetipo de lo masculino salvaje. Como en la película italiana Padre Padrone (1977) de los hermanos Taviani, no ven con buenos ojos la escuela, ni los profesores. La educación como estímulo de la capacidad de pensar representa para ellos un gran peligro. Necesitan descendientes y discípulos ignorantes, dispuestos a trabajar por ellos incansablemente, hasta el final; siempre y cuando no se pregunten nada, no razonen y mucho menos cuestionen.
Muchos me dirán que hombres así han dejado de existir por efecto de la cultura y la civilización. Que por estos tiempos los padres son seres tolerantes, conscientes de su importancia como guías, pero dispuestos a estimular el crecimiento y la independencia. Capaces de aceptar la idea de que, si todo va bien, serán desplazados. Efectivamente, para un padre de hoy todo hijo debería poder ser, en primer lugar, mejor persona.
Normalmente todo padre evolucionado, querrá que los suyos superen las limitaciones con las que ellos no pudieron. Negarse al cambio, conducirá inevitablemente a un fracaso. Pues lo que sí se puede afirmar, no es que no existan aún padres primitivos, sino que no existen ya hijos, ni grupo familiar, dispuestos a aguantar por miedo a un déspota de semejante naturaleza.

domingo, 5 de mayo de 2019

Se puede vivir en la incertidumbre?

Se puede vivir en la incertidumbre?
Los venezolanos tenemos demasiado tiempo viviendo en un país que aporta montos importantes de incertidumbre a sus ciudadanos.
No es poca cosa, o detalle nimio, el que en materia de política, economía y derechos fundamentales, tengamos que despertarnos cada día descubriendo una situación nueva, insospechada o sorpresiva.
No pareciera necesario hacer un inventario de todos los sobresaltos que hemos vivido a lo largo de por lo menos tres décadas, y que resultan imposibles de olvidar así no más. Sin embargo, este año 2019, cada mañana debemos constatar sí hay agua corriente, sí tenemos luz eléctrica, sí habrá escuela para nuestros hijos, sí conseguiremos transporte para movilizarnos, qué convocatorias de protestas han hecho nuestros líderes políticos y en qué vías públicas se concentrarán.
Todos estos eventos que atentan diariamente contra cualquier posibilidad de planificación, pueden sacar de control a cualquier persona por poco planificada que ésta sea.
No somos un gentilicio con fama de ser organizados. El lema, popularizado justo en los inicios del desastre, según el cual "como vaya viniendo vamos viendo”, se impone por estos días como una sentencia enorme, una aplastante marca de identidad.
¿Es posible sobrevivir a estos niveles de incertidumbre?
Los dirigentes políticos de oposición y los miembros del gobierno, en sus declaraciones, envían mensajes de certeza y certidumbre, que en realidad no se corresponden en lo absoluto con el sentir del ciudadano común. El ciudadano común sorprendido con cada nuevo anuncio, no sabrá en las primeras de cambio que implicaciones trae la noticia y si podrá responder a ese mensaje sorpresivo.
Se nos pide confianza y colaboración a la vez que se nos arroja en un mar de incógnitas.
Dónde podemos encontrar las certezas que como estacas nos permitan mantenernos a flote en esta arena movediza?
Desde el gobierno los mensajes frente a cada nueva interrupción de un servicio público fundamental, pretenden mostrar que existe capacidad de respuesta para regularizarlo pero en la práctica poco a nada se cumple sobre lo prometido. No sólo se aprecia una incapacidad del ejecutivo para asumir responsabilidades, sino que la gente misma termina por descubrir que se le miente y que se niegan realidades mucho más crudas, que nos toca constatar a diario.
Por su parte, los dirigentes de oposición también generan mucha incertidumbre. Se traza un camino de lucha y reinvindicaciones en el que se pretenden mostrar montos elevados de infalibilidad. Se nos pide confianza y colaboración, sin embargo los cambios que se van produciendo en la práctica, y que corresponden probablemente a las dinámicas propias del terreno político, pueden confundir y dejar demasiadas preguntas sueltas.
Los ciudadanos comunes en este sentido, cargamos con mucho más de lo que deberíamos en todo este proceso.
Mucha gente ha aprendido o ha desarrollado recursos que le permiten ir toreando la tempestad. Pero no todas las personas tienes esa posibilidad. De que depende?
En un momento en donde la realidad externa no aporta confianza, ni certidumbre hay que poder desarrollar y buscar fuentes internas de tranquilidad y equilibrio. Fuentes de certeza y placer interior. No todos contamos con esos recursos, que se desprenden de nuestra personalidad e historia personal. En este punto el elemento psicológico resulta fundamental. Un proyecto personal, una vocación de servicio, el cultivo de ciertos gustos estéticos. La constancia que significa seguir apostando con tu trabajo a un país mejor, aunque todos los vientos jueguen en contra.
Cuando el Estado y sus instituciones no ofrecen la estructura necesaria para infundir estabilidad, y apuntalar la contribución de los ciudadanos hacia el logro. Cuando los dirigentes políticos, representados en varios de los partidos , no pueden asumir su labor de conductores, sin someter aún a más sacrificios y carencias a su población, podemos afirmar, entonces, que estamos huérfanos.
La situación de la actual dirigencia política venezolana es en muchos sentidos penosa, se asemeja a la de aquellos adultos insuficientes que exigen más de lo que aportan. Son una casta que "han aprendido a vivir de sus padres hasta que puedan vivir de sus hijos”. El gobierno siempre bajo la sombra de los escasos logros de Chavéz. La oposición…ustedes me dirán!
Quizás por deformación profesional, por mi trayectoria como psicoanalista de niños y adolescentes, no puedo dejar de considerar como un signo muy importante de nuestra crisis actual el abandono de las instituciones del Estado a la infancia y la juventud. El abandono de la educación, de la salud y alimentación de los niños, la suspensión de tantos programas sociales dirigidos a ellos.
Pero también, no puedo dejar de preguntarme en esta hora de incertidumbre, si Leopoldo Lopez, dirigente al que valoro por su gestión como Alcalde de Chacao y como dirigente político, a quién reconozco que el gobierno ha intentando anular… pero me pregunto: ¿será que el dirigente de VP no evaluó las consecuencias que su última acción política, del 30 de Abril, podía tener sobre su más pequeña hija? No consideró los riesgos que dicha acción podría imprimirle a la estabilidad emocional de su niña? Antes él era el preso, ahora son tres. Quizás este comentario incursiona en el terreno de lo íntimo de su situación, que no necesariamente tenemos que saber.
Pero como digo una niña, digo todos los niños venezolanos, que lo más suave que han tenido que asumir en lo que va del 2019 es la pérdida del año escolar. A quién le importa el abandono de la escolarización y de la educación?, a quién le importa tantos muchachos que son usados como carne de cañón en las protestas? o aquellos que ve uno ahora diariamente metidos en el Guaire buscando disque oro?
Son esos detalles elocuentes los que me llevan a pensar que en esta situación de emergencia, los dirigentes han perdido el norte de toda lucha, y un mínimo de consideración sobre ciertas situaciones fundamentales que no se pueden arriesgar, así no más.
Es por ello que creo que cada uno de nosotros, para no sucumbir a esta dura situación, debemos volcarnos hacia nuestra realidad ínterna y buscar dentro de nosotros y entre nuestros recursos esa “estaca”, que impedirá que nos hundamos en esta tierra movediza que es hoy Venezuela. Se puede vivir en la incertidumbre, si existe una certidumbre interior. Olvidemos por un rato que alguién nos va a ayudar.

viernes, 15 de febrero de 2019

La capacidad para recibir ayuda.


Aceptar ayuda de los demás no es un mero asunto de necesidad. La capacidad para recibir ayuda es un mecanismo que involucra aspectos profundos del psiquismo y la personalidad. Define una manera de estar en el mundo. Saber recibir puede parecer una actitud fácil, pero no lo es.

En Venezuela existe una puja entre los que ven la necesidad de recibir ayuda humanitaria y los que niegan dicha necesidad y satanizan la posibilidad de aceptarla. Esta última postura aparece como un bloque en los representantes del gobierno actual. No es una posición nueva, recordemos como Chávez rechazó embarcaciones de ayuda para la tragedia del deslave de Vargas. Ahora pienso que Guaidó debe haber vivido de cerca ese drama siendo aún adolescente.

Las declaraciones de Delcy Rodríguez, afirmando que los alimentos y medicinas que están en la frontera son  cancerígenos, son una muestra del pensamiento paranoide que aparece ante la incapacidad para el intercambio y el reconocimiento de los demás.

La amenaza mortal que se antepone al sentimiento de gratitud es un pensamiento rígido y desconcertante. Sorprende además el manejo de la certeza en estos individuos. Ellos hablan como sí todo excepto ellos fuera malo.

La omnipotencia es una condición en la que cualquier gesto de ayuda puede sentirse como una derrota, como una amenaza o como una intromisión. La idea de que la integridad personal y social pasa por el intercambio y la colaboración, no es admisible en estas mentes deficientes. Lo que pareciera a simple vista una actitud de suficiencia y autonomía, en realidad es la reacción a un profundo sentimiento de fragilidad y de derrumbe.

Poder reconocer la necesidad de ayuda y mostrar una actitud de apertura habla paradójicamente de fortaleza interna y capacidad de discriminación, de pensamiento fino e inteligente.

Para poder dar hay que saber recibir. Tal cual. Reconocer las propias debilidades y fortalezas permite una visión del otro humana y justa. En la vida nos toca estar en posición de dar, pero también de recibir. La confianza mutua y el reconocimiento de las características individuales implica alteridad. Saber que podemos pasar por momentos de crisis, situaciones en las que necesitamos del aporte de los demás, pero que también contamos con recursos para responder con la misma bondad en casos en los que se requiera de nuestro aporte, constituye una característica de autonomía, solidez y civilidad. 
Es por ello que a los venezolanos nos resulta absurda y peligrosa la actitud omnipotente, rígida y sí, primitiva y paranoide de una cúpula gobernante que enfila todas sus energías en renegar la crisis, la necesidad de ayuda, a costa del mayor sufrimiento de la población. Incluso, más allá de las consideraciones geo-políticas, que son discutibles desde muchas otras perspectivas, esta negativa gubernamental, definitivamente, habla de su incapacidad para gobernar.

lunes, 11 de marzo de 2013

¿Dónde está el cielo?





La muerte. Esa terrible e imprudente señora que siempre llega de manera inesperada, quita a todos el habla y muchas veces la razón. Cuando alguien está por morir o muere repentinamente, el mundo de los adultos siempre se ve impactado. Pero, ¿qué pasa cuando la muerte toca el territorio infantil? Aquí, aún más, sobreviene la mudez y el silencio. ¿Hay que hablarle a un niño de la muerte? ¿Cómo hacerlo? ¿Acaso están ellos en capacidad de entender este acontecimiento?
Algunos piensan –quizás por el dolor que implica hacerlo– que los pequeños no deben conocer de estos temas tempranamente, que ellos no están capacitados para entenderlos. En otras ocasiones, ante la implacable y directa pregunta los adultos terminan hablando del asunto luego de mil vueltas y muchos eufemismos. Es fácil decir que se trata de un tema difícil, lo verdaderamente difícil reside en abordarlo.
Los pequeños suelen preguntar por la muerte desde temprano. Alrededor de los cuatro años, casi todos han enfrentado a través de una mascota o persona cercana el problema de la desaparición física. La interrogación en esta edad suele ser concreta, ya que aún no se posee la madurez cognitiva suficiente para entender el significado de la muerte. ¿Cuándo te pongas vieja vas a morir? ¿Y qué va a pasar ahora con la tortuguita que se murió? ¿A dónde se va? ¿Dónde está el cielo? Preguntan tranquilamente. La ausencia de angustia resulta característica en esta etapa.
No es sino hasta los seis o siete años cuando los niños enfrentan el problema de la finitud desde otra óptica. Ya en la “edad de la razón”, los niños adquieren conciencia de otras limitaciones e imponderables. Cede la omnipotencia infantil y se comienzan a ver las dificultades e insuficiencias de los padres. Estas nuevas realidades son vividas también como una pérdida, así como poco a poco van perdiendo su pequeño cuerpo infantil. Es ahora, después del complejo de Edipo –de acuerdo con los psicoanalistas–, cuando la mente infantil se encuentra en capacidad de comprender la muerte en toda su compleja significación. Que ella existe porque existe la vida. Y que desde el mismo día del nacimiento todo ser viviente va camino a la muerte, de maneras diferentes, a ritmos diferentes, sin posibilidad de anticiparse, pero indefectiblemente hacia ella.
Hablarles, entonces, de manera sencilla y directa, de acuerdo con su capacidad de comprensión para el momento, resulta lo indicado. Cada respuesta acorde a la pregunta, cada idea o frase con la palabra apropiada. “Morimos cuando hemos terminado de vivir.” Además, habría que tener siempre presente que nadie muere realmente mientras permanezca en el corazón y la mente de sus seres queridos. La idea de la permanencia del objeto o sujeto perdido, a través del recuerdo que otras cosas y personas evocan de él, no es en absoluto esoterismo. Al contrario, patentiza la noción de esperanza y continuidad que todos debemos tener.
Existen pequeñas circunstancias de vida que enfrentan a los pequeños con esta problemática: la pérdida de algún objeto querido, la de un animal, el día de difuntos o la divertida idea del Halloween estadounidense (cada vez más celebrado en nuestros predios), permiten en muchos casos abordar de manera menos tensa el tema.
Más duro resulta enfrentar la muerte de los padres o de algún hermano. En estos casos el dolor y el sufrimiento no tienen nombre y sólo en ocasiones la posibilidad del tiempo permite la elaboración en el grupo familiar. El recorrido del duelo siempre será largo y pesado, y las palabras irán surgiendo en algún momento del camino. Unas pocas palabras y algún gesto corporal serán suficientes al inicio. Aquí, resulta importante no idealizar la figura de la persona que partió. Evitar la tendencia a culparse. Aun si el menor de los hijos no conoció a su hermano mayor difunto, por ejemplo, hay que hablarle de éste y de las razones de su partida. Ir en familia al cementerio, para que los más pequeños sepan dónde descansan los cuerpos de los que mueren, no es en sí mismo nocivo.
Por lo menos dos libros infantiles de cuentos sobre el tema pueden ser conseguidos con facilidad en Caracas: Sapo y la canción del mirlo, de Max Velthuijs, y El cielo, de Nicolás Allan, ambos de Ediciones Ekaré, plantean adecuadamente este tema tan espinoso.

domingo, 3 de marzo de 2013

Entre el bb (blackberry) y el bebé


Cada 10-15 minutos revisa el chat, se pasea por los twitts, actualiza Facebook, Blackberry Messenger. Para Diana es casi un comportamiento automático. Portar el bb abierto en todo momento es su manera de sentirse acompañada, en contacto con…
 Si en algo son parecidos los celulares inteligentes y los bebés, son en el tiempo corto que imponen a los demás, y respetando las particularidades de su materia originaria, en su pequeña y frágil humanidad. Un recién nacido demanda contacto cercano y frecuente, cuerpo a cuerpo con su madre. Que los dedos recorran su cuerpecito con la misma suavidad con la que se recorre la pantalla táctil de un Iphone. Que se los explore con cuidado y atención. Que se sepan leer sus estados fisiológicos y anímicos. Que se les dé información. Palabras de reconocimiento. Justamente, el germen de una inteligencia que tendrá que cultivarse desde múltiples entradas. 
Una mujer que acaba de tener su primer bebé, también necesita  sentirse inteligente, conectada, moderna. Teme que su bebé la saque del terreno de la comunicación global para sumergirla en un territorio ignoto de lenguajes indescifrables, sustancias viscosas. Esto le sucede a Diana. Acaba de tener su primer hijo, quizás demasiado pronto aunque su edad cronológica no lo confirme. Un destello fugaz de su consciencia y sentir le dicen que no está preparada.  Pero ¿cómo reconocerlo ahora? La experiencia la ha mantenido exhausta y asustada desde el primer día del parto. Atrás quedaron 9 meses de embarazo, las ilusiones que proporcionaron los preparativos, la alegría de sus padres. Todos los mensajes y post que nutrieron sus redes de contacto durante nueve meses.
Ahora se siente sola, descolgada. Con un cuerpecito inquieto al lado que no puede manejar. El mundo afuera, en su red de amigos sigue circulando y ella lo observa como desde otro mundo. Debería hacer algo para involucrarse pero no sabe qué. Tampoco sabe cómo hacerlo ahora que no está sola. En sus manos aparece el nerviosismo. Sube y baja incesantemente por la cadena de twitter. Abre y cierra el Messenger para buscar las actualizaciones. ¿De qué manera podría seguir participando?
Lo único que se espera de ella son imágenes: El niño comiendo, durmiendo, en el baño, cambiándole el pañal. Su viejo mundo de esposa joven y profesional se ha desvanecido. No puede pensar bien, su cabeza reporta la falta de sueño. Busca incesantemente algo que la conecte con un mundo diferente a las opiniones sobre la lactancia, los cólicos o las formas de estimulación temprana. ¡Qué fastidio! Abre y cierra ventanas desde su teléfono. Teclea algún mensaje corto. Sus manos logran la experticia cuando se trata de manejar el bb.
Diana entiende, entonces, que nunca fue preparada para esto. Un bebé es como regresar a un mundo arcaico de presencia continua y contacto real. Hay que aprender a mantener la conexión. Uno no  puede descolgarse a su antojo. Apagarlo o guardarlo para olvidarse que cargaremos con él por un tiempo largo e indefinido.

María del Carmen Míguez