La vivencia del tiempo es para todos una experiencia subjetiva. Pero para los niños el paso de las horas ocurre con un ritmo totalmente diferente al de los adultos. Hasta más o menos la edad de siete años, época en la cual las nociones que nos permiten demarcar el curso del tiempo son entendidas plenamente, a un niño un día le puede parecer un siglo y a la inversa.
Explicarle a un pequeño que su cumpleaños es el mes que viene, que su papá se fue de viaje y viene pasado mañana o que a partir de esta semana comenzó un año nuevo, puede ser una experiencia complicada porque su pensamiento es de tipo pre-operacional. La idea del tiempo es totalmente abstracta y requiere de una inteligencia representativa que el niño tarda en adquirir ( Jean Piaget).
Para los niños el girar del reloj está ligado de una manera indisoluble –y más vital que en los grandes– al objeto de su necesidad y de su amor. Tiempo y afecto, tiempo y deseo, conforman la llave de la experiencia de vida en todos, pero en los niños la determina de manera primordial. Resulta común la experiencia de que la espera ansiosa de algo o alguien importante nos parezca una eternidad o que unos días de disfrute y placer desaparezcan como un flash.
Un bebé de menos de dos años registrará invariablemente el paso de las horas, por el aparecer y desaparecer de su madre y de sus personas queridas. En principio, la ausencia del objeto es vivida como irrecuperable pues el niño es incapaz de imaginarlo sin su presencia real, pero también porque para él lo que no se ve o se siente no existe. Más adelante, con la internalización de la imagen materna, el niño puede prever su reaparición en el futuro inmediato, logrando así contener lo que conocemos como angustia de separación.
A veces, se olvida que la vivencia del paso del tiempo en los niños sucede a un ritmo diferente, mucho más lento quizás, porque su mundo interno todavía no es tan rico en significaciones y depende más estrechamente de su pequeño y palpable universo familiar. Así, se escucha decir en oportunidades: “No importa, el bebé no se da cuenta, voy a estar fuera una semana nada más”, utilizando un criterio adulto de lo temporal.
Los niños siempre se dan cuenta y se percatan de lo que pasa a su alrededor, aunque no puedan organizar en su mente la experiencia tal como se esperaría al final del crecimiento. Aunque los términos de ayer o mañana no sean del todo comprensibles y el futuro sea importante en la medida en que pueda presentarse ya, en su presente vital, hay que hablarles a los niños de nuestros criterios temporales. Hay que informarlos de nuestros movimientos y ausencias por más pequeños que parezcan. Ellos necesitan ir entendiendo el valor de lo pasado pero también la importancia de la promesa futura, guía de todos nuestros ideales.
Para hablarles a los infantes del tiempo se pueden tomar los elementos concretos perceptibles que rodean su rutina de vida. A través de ella, el niño puede ir entendiendo la idea de un antes y un después. Los propios ritmos biológicos de hambre y sueño, la constatación de la existencia de un día con luz y sol y una noche oscura con luna y estrellas, son recursos válidos para la explicación de la dimensión temporal.
En la literatura infantil se encuentran buenos ejemplos sobre la existencia de un orden cíclico en la naturaleza. No obstante y a pesar de todas las explicaciones, sólo la maravillosa mente infantil permitirá disfrutar a los adultos de frases como esta: “Mañana yo fui a la fiesta de mi primo”. Como planteó en una oportunidad el psiquiatra Fernando Rísquez, la madurez consiste en la capacidad de espera. Para entender que las cosas no son ahora, ya, cuando las queremos, sino mañana o en un indeterminado futuro, hay que crecer y madurar. Hecho que por suerte se toma su tiempo.



