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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
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jueves, 31 de enero de 2013

Casa segura


La llegada de los hijos suele despertar en las personas la inquietud sobre los variados peligros que rondan a un niño en su propia casa. Allí donde antes parecía estar todo seguro, comienzan a percibirse numerables situaciones de riesgo. Indudablemente, hay que tomar medidas, prever, y acondicionar los espacios ante la presencia de un ser frágil e inmaduro. No obstante, hay que poder diferenciar entre seguridad y sobreprotección. La curiosidad creciente de un pequeñito que está comenzando a descubrir el mundo desde su propio ambiente, junto a las necesidades de desplazamiento y autonomía, tornan contraproducente querer encerrar a nuestros retoños en una burbuja de cristal.
El primer año de vida, justo antes de que comience el niño a caminar, es un período de alerta y de tensión que se incrementa únicamente, con la verticalidad y la puesta en marcha. Esa segunda etapa, que se extiende hasta aproximadamente los tres años, y que algunos han dado en llamar la del niño “tocalotodo”, requiere de ciertas consideraciones por parte de los progenitores.
En primer término, hay que poder discriminar entre las situaciones, objetos o comportamientos que son verdaderamente peligrosos y los que no. Hay quienes consideran riesgoso que su bebé de seis meses se arrastre por el piso en el intento de gatear. ¡El piso está lleno de gérmenes!, afirman. Pero lo que hay que visualizar son las situaciones que ponen en riesgo la vida e integridad del cuerpo del bebé. Gatear sólo será peligroso si en el camino se tropieza con objetos que puedan caer sobre él, que resulten cortantes o que pueda ingerir. Esta etapa incluye la necesidad de una supervisión visual del niño, muy frecuente. Si el niño está libre por la casa, no se lo puede perder de vista por mucho tiempo. Proteger las esquinas de los muebles y los puntos de electricidad es básico. Retirar vidrios y objetos de cristal, también. Algunos padres optan por no quitar ningún adorno de las mesas y enseñarles a que “respete los objetos de la casa”. El riesgo que se corre allí es que el pequeñito sin querer, rompa algún objeto de valor familiar o sentimental.
Cuando los padres trabajan y los niños quedan al cuidado de un empleado hay que entrenarlos para el manejo seguro del pequeño. La cocina, se sabe, es un lugar de cuidado. No se le puede permitir al niño que ronde cerca de ella si se tiene comida en el fuego. Hay que asegurarse de que las asas de las ollas no sobresalgan. Al manipular cuchillos u otros utensilios, se debe tener precaución para evitar que puedan caer cerca de él. Sin embargo, un chiquito puede permanecer de manera segura mientras su cuidador cocina. Se lo puede sentar en su silla de comer o coche con algunos juguetes para que se distraiga. En estos casos, el tiempo es la clave. 
Tampoco, para mencionar otra situación de vulnerabilidad, los niños intentan bajarse solos de su cuna, a no ser que se los deje por mucho tiempo en ella. Las ventanas y balcones, sólo representan un peligro si se les permite rondar y jugar cerca de ellas. Ningún niño se lanza espontáneamente “por curiosidad”.
Los más grandes pueden tener interés en participar de la elaboración de algún platillo o actividad hogareña. Impedírselo es frustrar una vía de desarrollo y habilidad para ellos.  Lo importante es asignarles alguna tarea que los haga sentir útiles, y supervisarlos durante su realización todo el tiempo que se pueda.

María del Carmen Míguez

jueves, 24 de enero de 2013

De qué hablamos cuando hablamos de los límites


En esas reuniones de intenso colorido local que son las piñatas, escuché a una maestra contar alarmada cómo cada día los niñitos del preescolar donde trabaja recibían a sus madres golpeándolas con el pequeño bolso donde llevan la merienda sin que éstas reaccionasen. La maestra, que también es madre, continuó refiriendo a su grupo de amigas la dificultad que tenía para hacerle entender a su hija que “hay cosas que no se hacen” y que “cuando ella dice no, es no”. Con un gesto afirmativo de familiaridad, respondieron el resto de las señoras a las inquietantes historias de la maestra. “¡Hay que ponerles límites a nuestros hijos!”, concluyeron todas.
A qué se referían cuando hablaban de límites es algo que no está claro. El término resulta ambiguo, pero se escucha cada vez más en las voces de educadores y padres. La creencia de que en la actualidad se ha ido demasiado lejos en cuanto a la permisividad con los niños también se ha vuelto una moneda de uso frecuente. Se escucha a los adultos reivindicar los castigos y palizas que ellos mismos sufrieron de sus padres, en un gesto que suele mostrar más confusión que convicción. Manejar las expresiones de agresividad que en diferentes situaciones muestran los pequeños implica una labor lenta y complicada. El estado de ánimo del adulto para el momento determina la respuesta que pueda darse. Ciertamente, hay días en que no se está de ánimo y se tiende a intervenir de manera brusca. Los padres son humanos, sin duda. Pero reivindicar antiguos métodos de educación, violentos y vejatorios del niño, deja de lado la consideración básica de que ellos también son sujetos con posibilidades de intercambio y comunicación, no simples objetos a manipular.­
La palabra “límites” ha sido adoptada por psicólogos y orientadores. Su significado original se encuentra asociado a la idea de demarcar, delimitar un territorio, por ejemplo. Utilizar el término equivale a querer demarcar las relaciones con los otros. Así, los padres al “poner límites” estarían definiendo sus relaciones con los hijos, a la vez que permitirían que el propio muchacho se delimitara como persona. En otras palabras, aclararían las reglas del juego familiar y social, definiendo las normas, deberes, derechos y prohibiciones de cada cual. Marcarían la ley.
La dificultad que presenta la mayoría de los adultos que educan reside en cómo implementar y transmitir las normas y prohibiciones. Formas y estilos de actuar hay muchos, afortunadamente. Y considerar la especificidad de la problemática planteada puede ser clave para la búsqueda de una salida. El comportamiento de cada joven o infante está sostenido por un motivo. Tratar de aclarar la razón que lo condujo a la situación conflictiva resulta más útil que la utilización de fórmulas y respuestas prefijadas.
“Poner límites” y marcar los bordes de lo permitido pasa por mostrar que también se está dentro de los linderos de la ley. Cuando los padres y educadores sostienen la postura de: “No puedes hacer esto porque tampoco nosotros podemos”, o expresan la conseja: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, niños y jóvenes suelen captar las prohibiciones con mayor facilidad. No se pueden pretender privilegios por el simple hecho de ser adultos. Como refería Françoise Dolto: “La vida social de los seres humanos implica el dominio de los deseos según la ley, la misma para todos”. Hay que sostener en la conversación el sentido de las prohibiciones y el motivo del cese de algunas de éstas con la experiencia, el crecimiento y desarrollo de ciertas habilidades.
La educación de los hijos no es una tarea de un solo intento. Pensar que una explicación o aclaración bastan para que se desista de la intención vedada es una ilusión que en ocasiones suele frustrar a los padres. Marcar los límites de acción de un niño y prohibir la práctica de ciertos deseos son pruebas difíciles tanto para los padres como para los niños. Siempre penosas en el momento de producirse.

II
Existen prohibiciones y rupturas que son inevitables y necesarias para el desarrollo y formación del ser humano. Aunque sea una tarea difícil y penosa para todos, establecer dichos límites garantiza una constitución más sana, bajo el punto de vista psíquico y social. Por paradójico que parezca, las normas y prohibiciones resultan aseguradoras y permiten el desarrollo de los deseos de vida y un sentido ético del placer.
Todos coinciden en señalar al nacimiento como la primera e inevitable ruptura del proceso. La llegada al mundo del bebé revela, tanto a la madre como al propio niño, la verdad de una separación. El corte del cordón umbilical pone fin a una unidad y dice de la existencia de dos seres distintos. Unidos por un vínculo afectivo y de dependencia, ambos deberán reconocerse como personas diferentes. Al bebé inmaduro, este proceso le tomará un tiempo que es psicológico y biológico a la vez.
El amamantamiento y el destete continúan el sentido de la primera experiencia, marcando un límite a la relación cuerpo a cuerpo. A un circuito corto de comunicación madre-niño –pezón-boca– se impone el establecimiento de un circuito más largo, el de la palabra. El destete posibilita el ejercicio de la comunicación oral y afirma al niño frente a su madre. El niño a partir de ese momento podrá decir: “No, yo no quiero”, iniciándose el productivo período del negativismo infantil.
Luego, con la etapa de educación esfinteriana, se regula y limita la libre acción. El control de la musculatura anal y vesical es un proceso que para iniciarse requiere de ciertos requisitos madurativos. Con su adquisición, el niño entiende que hay lugares y normas con sentido para ejecutar las cosas. Ya no puede hacer pupú y pipí donde quiera, sino en el lugar destinado para ello. Donde acuden todos, incluso los adultos. El control de esfínteres y el aumento de las destrezas motoras que el niño adquiere para esa edad serán los basamentos de la idea ética que plantea: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Y, como derivado de esta idea central, la prohibición de la agresión, el robo y el homicidio. Al final de esta etapa, habrá adquirido mayor autonomía.
El conocimiento y la asunción de la pertenencia a un sexo, junto a la prohibición de los deseos incestuosos, tanto homosexuales como heterosexuales, posibilitan como etapa final el ingreso del niño a la civilización y a la cultura como sujeto pensante.
Nacimiento, destete, control de esfínteres y prohibición del incesto son, en resumen, la esencia de todo lo que se ha denominado límites y que los padres sienten necesario implementar en el proceso formativo. Reconocer que se es un ser distinto y separado del hijo y a la inversa. Que ambos enfrentan circunstancias diferentes, con derechos y deberes ajustados a la edad. Donde el lenguaje es el medio de comunicación fundamental, con oportunidad de ambas partes a decir: “Yo, como diferente de ti, quiero o no quiero...”. Saber que se está sometido como el resto de los humanos a leyes que regulan la acción y los deseos, sean estos sexuales o no. Son los principios básicos morales y éticos que rigen el comportamiento social.
Muchos padres quieren transmitir a sus hijos estas ideas y normas y a veces no saben cómo. En oportunidades, se olvida la propia condición de sujetos sometidos a las mismas leyes y normas. Se piensa que por ser padres se detenta el poder y el derecho. También se dan por sobreentendidos estos principios y no se conversa ¡Craso error! No es fácil comprender que los límites están porque los deseos existen, y aunque se los eduque su fuerza intrínseca los conducirá a tantear los bordes y olfatear las fisuras para deslizarse.
En la infancia, sobre todo, se prueba constantemente los límites de los padres. A veces los hijos quieren que sus padres se comporten como ellos desearían. Niegan y temen las diferencias. No explican lo que anhelan o no pueden explicarlo. Lo actúan simplemente. Ellos aún no han internalizado las normas y la ley. Justamente en esto consiste la diferencia entre pequeños y grandes.

Del libro Aprender a ser padres, de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas 2012

martes, 22 de enero de 2013

El niño tocalotodo.





 "La llegada de los hijos suele despertar en las personas la inquietud sobre los variados peligros que rondan a un niño en su propia casa. Allí donde antes parecía estar todo seguro, comienzan a percibirse numerables situaciones de riesgo. Hay que tomar medidas, prever, y acondicionar los espacios ante la presencia de un ser frágil e inmaduro. No obstante, se debe diferenciar entre seguridad y sobreprotección. La curiosidad creciente de un pequeñito que está comenzando a descubrir el mundo desde su propio ambiente, junto a las necesidades de desplazamiento y autonomía son aspectos que hay que saber sobrellevar y administrar.
Como tocalotodo se suele calificar a los pequeños entre los diez meses y los dos años y medio de edad. Y es que el inicio de la deambulación autónoma –bien a gatas, bien caminando– se convierte para muchos adultos en época de gran tensión y agotamiento. El niño quiere moverse libremente por la casa y explorar todos los objetos que ve. Se trepa para alcanzar los que están fuera de su alcance. En su aventura, no tiene capacidad para prever ningún peligro y menos aún para reconocer piezas que sean de mucho valor. Los padres angustiados no saben cómo controlar a su adorable terremoto, se debaten entre dejar que destruya toda la casa, poner todo fuera de su alcance o prohibírselo con decisión.
En primer lugar, debemos discriminar entre las situaciones, objetos o comportamientos que son verdaderamente peligrosos y los que no. Hay quienes consideran riesgoso que un bebé de seis meses, por ejemplo, se arrastre por el piso en el intento de gatear. ¡El piso está lleno de gérmenes!, dicen. Pero lo que tenemos que visualizar son las situaciones que ponen en riesgo la vida e integridad del cuerpo del niño. Gatear sólo será peligroso si en el camino se tropieza con objetos que puedan caer sobre él, que resulten cortantes o que pueda ingerir. Esta etapa incluye la necesidad de una supervisión visual frecuente. Si el niño está libre por la casa, no se lo puede perder de vista por mucho tiempo. Proteger las esquinas de los muebles y los puntos de electricidad es básico. Retirar vidrios y objetos de cristal, también. La cocina, se sabe, es un lugar de cuidado. No se le puede permitir al niño que ronde cerca de ella si se tiene comida en el fuego. Asegurarse de que las asas de las ollas no sobresalgan. Al manipular cuchillos u otros utensilios, se debe tener precaución para evitar que puedan caer cerca de él.
¿Cómo lidiar con la enorme energía vital que se apodera de los pequeños cuando descubren la verticalidad? El niño durante esta etapa desplaza todo su interés hacia los objetos que lo rodean; asirlos y llevárselos a la boca es para ellos una importante forma de aprendizaje y de juego.
Los espacios reducidos en los que la familia urbana suele vivir hacen más difícil de sobrellevar esta etapa. La madre quiere conservar las mesas del salón con sus adornos preferidos y el niño no tiene todavía ninguna noción estética; en un instante puede hacer de los sofás y las mesas su centro de operaciones. Muchos padres recurren al corral, sin embargo, esta forma de contención externa no es tolerada por mucho tiempo. Los niños necesitan estar en movimiento y este cuadrilátero se lo impide completamente. Resulta más adecuado usar las pequeñas rejas infantiles, que se colocan en los marcos de las puertas e impiden que el niño ingrese en algún espacio o salga de otro.
Cuando los padres trabajan y los niños quedan al cuidado de una empleada hay que entrenarlas para el manejo seguro del pequeño. Si no se puede seguir al niño con la vista, se le puede dejar en una de las habitaciones de la casa con juguetes y algunos objetos sin valor. Cajas vacías que les permitan guardar y sacar, carritos, pelotas, llaves, muñecas, libritos con dibujos infantiles, etc. Se debe permitir a los niños tocar las cosas, siempre que éstas no sean peligrosas o contengan un valor afectivo y monetario insustituible para los adultos. Françoise Dolto recomienda a las madres nombrar los objetos que el pequeño va agarrando, de esta manera –dice– se le brinda el placer de conocer el mundo, dominarlo y comunicarse con los demás. Mientras la madre realiza los oficios, el niño querrá seguirla y ella quizás podrá hablarle o describirle lo que va haciendo.­
En la cocina, se le pueden facilitar algunas ollas viejas y cucharas de palo para que improvise sonidos mientras la madre hace lo suyo. Esta es una actividad que siempre les encanta. En realidad, durante estas edades el niño necesita jugar junto a otra persona, por lo menos media hora en la mañana y media hora en la tarde. El desarrollo sensorial y el dominio motor son en gran medida estimulados por el juego. Lanzar y atajar una pelota, impulsar un carrito, apilar tacos para luego derribarlos, cantar y producir sonidos, observar y nombrar dibujos, traspasar líquidos de un recipiente a otro, guardar y sacar juguetes, son actividades muy atractivas para niños a partir de un año.
De igual manera, se deben impartir ciertas prohibiciones. Con firmeza y seguridad los padres deben expresar que hay cosas que no se pueden tocar: el fuego, las tijeras, los destornilladores, los materiales de estudio de los hermanos mayores o los papeles de trabajo del papá, entre otros. Al final del día, después de permitirles algunas experiencias con arena o tierra, es recomendable meter a los pequeños tocalotodo en una bañerita con agua tibia y dejarlos jugar allí un buen rato. Será la mejor antesala a las horas de descanso y sueño, que ansiosamente suelen esperar los mayores.­

II
Javier es un chiquito que no ha cumplido todavía los dos años de edad. A los dieciocho meses ha descubierto una nueva manera de divertirse en la casa mientras sus padres trabajan y sus hermanos mayores van a la escuela. El juego favorito de Javier consiste en lanzar a través de los barrotes del balcón cualquier juguete u objeto que encuentre disponible.  Es increíble la pasión y el interés que despiertan en él ver como desaparecen de sus ojos al soltarlos, muñecos, pelotas, adornos de la mamá y uno que otro zapato. Mayor sorpresa y emoción siente cuando luego del acto baja con la niñera los cinco pisos que separan su apartamento del patio de planta baja y descubre que los objetos lanzados reaparecen allí, en muchos casos, rotos, mutilados, pero en algunos otros, intactos. A pesar de la alarma y disgusto de la niñera que dice en tono nervioso: “no puedes tirar cosas por el balcón es muy peligroso, le puedes pegar a alguien que esté pasando por abajo en la cabeza, además, vas a acabar con todos tus juguetes”, para él es como un acto de magia. ¡Desaparecer un objeto en el 5to piso y que aparezca en planta baja!
El juego de Javi no es un juego enfermizo como quizás algunos pudieran pensar. Ya lo han descrito psicólogos especialistas, la noción de constancia objetal y la representación de los desplazamientos no visibles del objeto es una noción que se desarrolla a lo largo de los primeros veinticuatro meses. Por experiencia los padres saben que basta con esconderle un objeto a un niño de un año o menos para que éste se “olvide” de él. “Si no lo veo, no existe”, pareciera decir el bebé. Más adelante, comenzará a entender que los objetos existen y se pueden desplazar fuera de su campo visual conservando sus propiedades intactas. “Aunque yo no lo vea, el objeto existe y puede regresar o aparecer en un sitio diferente del que estaba inicialmente”, “yo lo puedo recordar y conservar en mi memoria, aunque no lo tenga cerca”, serían las afirmaciones de esta etapa del desarrollo.
A principios del siglo pasado Freud observó como su nieto de dieciocho meses, se divertía también lanzando fuera de su cuna pequeños objetos amarrados de un hilo de carretel. Al lanzarlos el bebé exclamaba fort (que en alemán quiere decir lejos), y al regresarlo, halando el hilo nuevamente hasta él, decía da (que significa acá). Para Freud el juego del Fort-da,  era el resultado de una serie de procesos psíquicos que mostraban el particular desarrollo del vínculo entre el niño y su madre. Como en el caso de Javi, el nieto de Freud solía entretenerse con el juego mientras la mamá estaba ausente. De manera resumida podríamos afirmar, que para los chiquitos es una forma de sentir que controlan los desplazamientos y ausencias de sus progenitoras. Sería como convencerse de que si las madres no estaban era porque ellos la “lanzaban fuera”; más tarde podían regresarlas o reencontrarlas en otro lugar, incrementando así la sensación de control y como resultado obteniendo un cierto monto de placer y tranquilidad.
Muy tempranamente los niños abandonan la posición de sujetos pasivos frente a los intercambios y encuentros con sus madres. Ellos que entienden que las necesitan y dependen de ellas, toleran con dificultad sus ausencias y el no poder controlar su cercanía. La internalización de su imagen y características como persona, les permite recordarlas y fantasear un grado de omnipotencia con el que sortearán las emociones que produce la distancia temporal hasta que pueda darse el próximo encuentro.
 Al principio los bebés no pueden percibir a los otros en su totalidad, su inmadurez sensorio motora los lleva a fantasear el control de sus interacciones con las fuentes de intercambio y satisfacción. Si son alimentados con pecho o biberón ellos perciben, durante las primeras semanas, como si ese objeto nutricio formara parte de ellos. Más adelante, cuando entienden que las personas y cosas que los rodean son autónomas, que existen más allá de su voluntad y que cuando ellos no las ven no es que desaparezcan, sino que están en otro lugar fuera de su campo visual y perceptivo,  se produce internamente una especie de cambio emocional importante que implica ciertos montos de angustia y de duelo; entre otras cosas, porque entienden que ellos no controlan de manera omnipotente a sus madres.
Desde el logro de la verticalidad y hasta cerca de los dos años se da en los pequeños una especie de actitud curiosa y experimental que les reporta montos importantes de satisfacción. Esa exploración constante sobre el medio que los rodea, que los lleva a interactuar con todos los objetos y personas sometiéndolos a infinidad de pruebas representa la semilla nata hacia el conocimiento y la comprensión con la que cuenta todo ser humano. Justamente, porque es importantísimo fomentar ese espíritu vital y curioso que hace de todo niño un ser potencialmente inteligente, es por lo que no conviene prohibir ni coartar ese empuje experimental de la primera infancia.
Pero ojo, también resulta en muchos casos potencialmente peligroso dejar a un pequeñín de cerca de dos años o más hacer y probar todas las cosas que se le ocurren. Es en este marco que se inscriben las acciones del pequeño Javi, cuando se divierte lanzando cosas por el balcón de su casa.
La noción de gravedad de los objetos, la noción de peso y los efectos inevitables de los desprendimientos desde cierta distancia del piso son conceptos y experiencias que toman mucho más tiempo en ser comprendidos. Todavía a los cinco años de edad hay que advertir a los niños sobre lo peligroso que es una caída desde una cierta altura. Las muertes por caída siguen teniendo un lugar de ocurrencia alto entre las causas de muerte infantil. Javi o cualquier otro niño podrá probar sus teorías lanzando pequeños objetos desde el balcón o la ventana de su departamento, lo que no se puede permitir nunca es que experimente en lugares que no estén suficientemente protegidos como para que el niño mismo no corra peligro.
Supervisar a los niños siempre que se encuentren en casa, no dejarlos solos y menos aún si están en condiciones de abrir las ventanas y los balcones. Instalar rejas o protectores en las aberturas amplias incluyendo escaleras interiores. No permitir que los niños jueguen cerca de techos, pasillos de edificios o cerca de cualquier lugar del que puedan caerse, resulta fundamental. Los niños en cuestión de segundos pueden inventar pruebas y juegos que implican riesgos de vida. No les de la oportunidad de que ocurra."

Del libro Aprender a ser padres, de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas 2012