La
muerte. Esa terrible e imprudente señora que siempre llega de manera inesperada,
quita a todos el habla y muchas veces la razón. Cuando alguien está por morir o
muere repentinamente, el mundo de los adultos siempre se ve impactado. Pero,
¿qué pasa cuando la muerte toca el territorio infantil? Aquí, aún más,
sobreviene la mudez y el silencio. ¿Hay que hablarle a un niño de la muerte?
¿Cómo hacerlo? ¿Acaso están ellos en capacidad de entender este acontecimiento?
Algunos
piensan –quizás por el dolor que implica hacerlo– que los pequeños no deben
conocer de estos temas tempranamente, que ellos no están capacitados para
entenderlos. En otras ocasiones, ante la implacable y directa pregunta los
adultos terminan hablando del asunto luego de mil vueltas y muchos eufemismos.
Es fácil decir que se trata de un tema difícil, lo verdaderamente difícil
reside en abordarlo.
Los
pequeños suelen preguntar por la muerte desde temprano. Alrededor de los cuatro
años, casi todos han enfrentado a través de una mascota o persona cercana el
problema de la desaparición física. La interrogación en esta edad suele ser
concreta, ya que aún no se posee la madurez cognitiva suficiente para entender
el significado de la muerte. ¿Cuándo te pongas vieja vas a morir? ¿Y qué va a
pasar ahora con la tortuguita que se murió? ¿A dónde se va? ¿Dónde está el
cielo? Preguntan tranquilamente. La ausencia de angustia resulta característica
en esta etapa.
No es
sino hasta los seis o siete años cuando los niños enfrentan el problema de la
finitud desde otra óptica. Ya en la “edad de la razón”, los niños adquieren
conciencia de otras limitaciones e imponderables. Cede la omnipotencia infantil
y se comienzan a ver las dificultades e insuficiencias de los padres. Estas nuevas
realidades son vividas también como una pérdida, así como poco a poco van
perdiendo su pequeño cuerpo infantil. Es ahora, después del complejo de Edipo
–de acuerdo con los psicoanalistas–, cuando la mente infantil se encuentra en
capacidad de comprender la muerte en toda su compleja significación. Que ella
existe porque existe la vida. Y que desde el mismo día del nacimiento todo ser
viviente va camino a la muerte, de maneras diferentes, a ritmos diferentes, sin
posibilidad de anticiparse, pero indefectiblemente hacia ella.
Hablarles,
entonces, de manera sencilla y directa, de acuerdo con su capacidad de
comprensión para el momento, resulta lo indicado. Cada respuesta acorde a la
pregunta, cada idea o frase con la palabra apropiada. “Morimos cuando hemos
terminado de vivir.” Además, habría que tener siempre presente que nadie muere
realmente mientras permanezca en el corazón y la mente de sus seres queridos.
La idea de la permanencia del objeto o sujeto perdido, a través del recuerdo
que otras cosas y personas evocan de él, no es en absoluto esoterismo. Al
contrario, patentiza la noción de esperanza y continuidad que todos debemos
tener.
Existen
pequeñas circunstancias de vida que enfrentan a los pequeños con esta
problemática: la pérdida de algún objeto querido, la de un animal, el día de
difuntos o la divertida idea del Halloween estadounidense (cada vez más
celebrado en nuestros predios), permiten en muchos casos abordar de manera
menos tensa el tema.
Más duro
resulta enfrentar la muerte de los padres o de algún hermano. En estos casos el
dolor y el sufrimiento no tienen nombre y sólo en ocasiones la posibilidad del
tiempo permite la elaboración en el grupo familiar. El recorrido del duelo
siempre será largo y pesado, y las palabras irán surgiendo en algún momento del
camino. Unas pocas palabras y algún gesto corporal serán suficientes al inicio.
Aquí, resulta importante no idealizar la figura de la persona que partió.
Evitar la tendencia a culparse. Aun si el menor de los hijos no conoció a su
hermano mayor difunto, por ejemplo, hay que hablarle de éste y de las razones
de su partida. Ir en familia al cementerio, para que los más pequeños sepan
dónde descansan los cuerpos de los que mueren, no es en sí mismo nocivo.
Por lo
menos dos libros infantiles de cuentos sobre el tema pueden ser conseguidos con
facilidad en Caracas: Sapo y la canción del mirlo, de Max Velthuijs, y El
cielo, de Nicolás Allan, ambos de Ediciones Ekaré, plantean adecuadamente
este tema tan espinoso.



