___________________________

Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
____________________________________________________

viernes, 15 de febrero de 2019

La capacidad para recibir ayuda.


Aceptar ayuda de los demás no es un mero asunto de necesidad. La capacidad para recibir ayuda es un mecanismo que involucra aspectos profundos del psiquismo y la personalidad. Define una manera de estar en el mundo. Saber recibir puede parecer una actitud fácil, pero no lo es.

En Venezuela existe una puja entre los que ven la necesidad de recibir ayuda humanitaria y los que niegan dicha necesidad y satanizan la posibilidad de aceptarla. Esta última postura aparece como un bloque en los representantes del gobierno actual. No es una posición nueva, recordemos como Chávez rechazó embarcaciones de ayuda para la tragedia del deslave de Vargas. Ahora pienso que Guaidó debe haber vivido de cerca ese drama siendo aún adolescente.

Las declaraciones de Delcy Rodríguez, afirmando que los alimentos y medicinas que están en la frontera son  cancerígenos, son una muestra del pensamiento paranoide que aparece ante la incapacidad para el intercambio y el reconocimiento de los demás.

La amenaza mortal que se antepone al sentimiento de gratitud es un pensamiento rígido y desconcertante. Sorprende además el manejo de la certeza en estos individuos. Ellos hablan como sí todo excepto ellos fuera malo.

La omnipotencia es una condición en la que cualquier gesto de ayuda puede sentirse como una derrota, como una amenaza o como una intromisión. La idea de que la integridad personal y social pasa por el intercambio y la colaboración, no es admisible en estas mentes deficientes. Lo que pareciera a simple vista una actitud de suficiencia y autonomía, en realidad es la reacción a un profundo sentimiento de fragilidad y de derrumbe.

Poder reconocer la necesidad de ayuda y mostrar una actitud de apertura habla paradójicamente de fortaleza interna y capacidad de discriminación, de pensamiento fino e inteligente.

Para poder dar hay que saber recibir. Tal cual. Reconocer las propias debilidades y fortalezas permite una visión del otro humana y justa. En la vida nos toca estar en posición de dar, pero también de recibir. La confianza mutua y el reconocimiento de las características individuales implica alteridad. Saber que podemos pasar por momentos de crisis, situaciones en las que necesitamos del aporte de los demás, pero que también contamos con recursos para responder con la misma bondad en casos en los que se requiera de nuestro aporte, constituye una característica de autonomía, solidez y civilidad. 
Es por ello que a los venezolanos nos resulta absurda y peligrosa la actitud omnipotente, rígida y sí, primitiva y paranoide de una cúpula gobernante que enfila todas sus energías en renegar la crisis, la necesidad de ayuda, a costa del mayor sufrimiento de la población. Incluso, más allá de las consideraciones geo-políticas, que son discutibles desde muchas otras perspectivas, esta negativa gubernamental, definitivamente, habla de su incapacidad para gobernar.

lunes, 11 de marzo de 2013

¿Dónde está el cielo?





La muerte. Esa terrible e imprudente señora que siempre llega de manera inesperada, quita a todos el habla y muchas veces la razón. Cuando alguien está por morir o muere repentinamente, el mundo de los adultos siempre se ve impactado. Pero, ¿qué pasa cuando la muerte toca el territorio infantil? Aquí, aún más, sobreviene la mudez y el silencio. ¿Hay que hablarle a un niño de la muerte? ¿Cómo hacerlo? ¿Acaso están ellos en capacidad de entender este acontecimiento?
Algunos piensan –quizás por el dolor que implica hacerlo– que los pequeños no deben conocer de estos temas tempranamente, que ellos no están capacitados para entenderlos. En otras ocasiones, ante la implacable y directa pregunta los adultos terminan hablando del asunto luego de mil vueltas y muchos eufemismos. Es fácil decir que se trata de un tema difícil, lo verdaderamente difícil reside en abordarlo.
Los pequeños suelen preguntar por la muerte desde temprano. Alrededor de los cuatro años, casi todos han enfrentado a través de una mascota o persona cercana el problema de la desaparición física. La interrogación en esta edad suele ser concreta, ya que aún no se posee la madurez cognitiva suficiente para entender el significado de la muerte. ¿Cuándo te pongas vieja vas a morir? ¿Y qué va a pasar ahora con la tortuguita que se murió? ¿A dónde se va? ¿Dónde está el cielo? Preguntan tranquilamente. La ausencia de angustia resulta característica en esta etapa.
No es sino hasta los seis o siete años cuando los niños enfrentan el problema de la finitud desde otra óptica. Ya en la “edad de la razón”, los niños adquieren conciencia de otras limitaciones e imponderables. Cede la omnipotencia infantil y se comienzan a ver las dificultades e insuficiencias de los padres. Estas nuevas realidades son vividas también como una pérdida, así como poco a poco van perdiendo su pequeño cuerpo infantil. Es ahora, después del complejo de Edipo –de acuerdo con los psicoanalistas–, cuando la mente infantil se encuentra en capacidad de comprender la muerte en toda su compleja significación. Que ella existe porque existe la vida. Y que desde el mismo día del nacimiento todo ser viviente va camino a la muerte, de maneras diferentes, a ritmos diferentes, sin posibilidad de anticiparse, pero indefectiblemente hacia ella.
Hablarles, entonces, de manera sencilla y directa, de acuerdo con su capacidad de comprensión para el momento, resulta lo indicado. Cada respuesta acorde a la pregunta, cada idea o frase con la palabra apropiada. “Morimos cuando hemos terminado de vivir.” Además, habría que tener siempre presente que nadie muere realmente mientras permanezca en el corazón y la mente de sus seres queridos. La idea de la permanencia del objeto o sujeto perdido, a través del recuerdo que otras cosas y personas evocan de él, no es en absoluto esoterismo. Al contrario, patentiza la noción de esperanza y continuidad que todos debemos tener.
Existen pequeñas circunstancias de vida que enfrentan a los pequeños con esta problemática: la pérdida de algún objeto querido, la de un animal, el día de difuntos o la divertida idea del Halloween estadounidense (cada vez más celebrado en nuestros predios), permiten en muchos casos abordar de manera menos tensa el tema.
Más duro resulta enfrentar la muerte de los padres o de algún hermano. En estos casos el dolor y el sufrimiento no tienen nombre y sólo en ocasiones la posibilidad del tiempo permite la elaboración en el grupo familiar. El recorrido del duelo siempre será largo y pesado, y las palabras irán surgiendo en algún momento del camino. Unas pocas palabras y algún gesto corporal serán suficientes al inicio. Aquí, resulta importante no idealizar la figura de la persona que partió. Evitar la tendencia a culparse. Aun si el menor de los hijos no conoció a su hermano mayor difunto, por ejemplo, hay que hablarle de éste y de las razones de su partida. Ir en familia al cementerio, para que los más pequeños sepan dónde descansan los cuerpos de los que mueren, no es en sí mismo nocivo.
Por lo menos dos libros infantiles de cuentos sobre el tema pueden ser conseguidos con facilidad en Caracas: Sapo y la canción del mirlo, de Max Velthuijs, y El cielo, de Nicolás Allan, ambos de Ediciones Ekaré, plantean adecuadamente este tema tan espinoso.

domingo, 3 de marzo de 2013

Entre el bb (blackberry) y el bebé


Cada 10-15 minutos revisa el chat, se pasea por los twitts, actualiza Facebook, Blackberry Messenger. Para Diana es casi un comportamiento automático. Portar el bb abierto en todo momento es su manera de sentirse acompañada, en contacto con…
 Si en algo son parecidos los celulares inteligentes y los bebés, son en el tiempo corto que imponen a los demás, y respetando las particularidades de su materia originaria, en su pequeña y frágil humanidad. Un recién nacido demanda contacto cercano y frecuente, cuerpo a cuerpo con su madre. Que los dedos recorran su cuerpecito con la misma suavidad con la que se recorre la pantalla táctil de un Iphone. Que se los explore con cuidado y atención. Que se sepan leer sus estados fisiológicos y anímicos. Que se les dé información. Palabras de reconocimiento. Justamente, el germen de una inteligencia que tendrá que cultivarse desde múltiples entradas. 
Una mujer que acaba de tener su primer bebé, también necesita  sentirse inteligente, conectada, moderna. Teme que su bebé la saque del terreno de la comunicación global para sumergirla en un territorio ignoto de lenguajes indescifrables, sustancias viscosas. Esto le sucede a Diana. Acaba de tener su primer hijo, quizás demasiado pronto aunque su edad cronológica no lo confirme. Un destello fugaz de su consciencia y sentir le dicen que no está preparada.  Pero ¿cómo reconocerlo ahora? La experiencia la ha mantenido exhausta y asustada desde el primer día del parto. Atrás quedaron 9 meses de embarazo, las ilusiones que proporcionaron los preparativos, la alegría de sus padres. Todos los mensajes y post que nutrieron sus redes de contacto durante nueve meses.
Ahora se siente sola, descolgada. Con un cuerpecito inquieto al lado que no puede manejar. El mundo afuera, en su red de amigos sigue circulando y ella lo observa como desde otro mundo. Debería hacer algo para involucrarse pero no sabe qué. Tampoco sabe cómo hacerlo ahora que no está sola. En sus manos aparece el nerviosismo. Sube y baja incesantemente por la cadena de twitter. Abre y cierra el Messenger para buscar las actualizaciones. ¿De qué manera podría seguir participando?
Lo único que se espera de ella son imágenes: El niño comiendo, durmiendo, en el baño, cambiándole el pañal. Su viejo mundo de esposa joven y profesional se ha desvanecido. No puede pensar bien, su cabeza reporta la falta de sueño. Busca incesantemente algo que la conecte con un mundo diferente a las opiniones sobre la lactancia, los cólicos o las formas de estimulación temprana. ¡Qué fastidio! Abre y cierra ventanas desde su teléfono. Teclea algún mensaje corto. Sus manos logran la experticia cuando se trata de manejar el bb.
Diana entiende, entonces, que nunca fue preparada para esto. Un bebé es como regresar a un mundo arcaico de presencia continua y contacto real. Hay que aprender a mantener la conexión. Uno no  puede descolgarse a su antojo. Apagarlo o guardarlo para olvidarse que cargaremos con él por un tiempo largo e indefinido.

María del Carmen Míguez

viernes, 15 de febrero de 2013

Adivina Adivinador




¿Por qué a los niños les gustan tanto las adivinanzas? ¿Qué encuentran de atractivo en ellas? ¿Quién no tiene algún recuerdo de infancia con las adivinanzas como protagonistas? Un abuelo demostrando su sabiduría a través de estos acertijos de palabras.
 Las adivinanzas han sido y son un recurso del lenguaje para relacionarnos jugando y para reconocer ciertos aspectos del mundo que nos rodea: la naturaleza, las personas y los objetos. Como afirma Beatriz Helena Robledo en su libro para niños, Un día de aventuras. Una historia con adivinanzas, de la colección Iguana de Ediciones B, las adivinanzas  estimulan el espíritu investigativo y el sentido de la observación de quién intenta adivinar. Por ejemplo, en aquella sobre la luna que nos hace reparar en su ciclo de transformación: 

Toda mi vida en un mes, 
mi caudal son cuatro cuartos 
 y aunque me ves pobrecita 
 ando siempre muy por lo alto. 

O en aquella tan popular cuya respuesta se encuentra en la propia formulación de la adivinanza: 

Oro parece 
plata no es
quien no lo sabe
bien tonto es.

Los niños con su morral de preguntas a cuestas son quienes –por excelencia- esperan ver en las adivinanzas las respuestas sobre las múltiples incógnitas que presenta la vida. En la base de esas incógnitas y de su profunda  curiosidad se encuentra, justamente, aquella sobre el origen de la vida. De ¿dónde venimos?, ¿cómo se hacen los niños? 


“Adivina, adivinanza ¿qué tiene el rey en la panza?” 

Rey o reina, los niños sienten profunda curiosidad por saber cómo llegan los bebés a la barriga y por dónde salen. ¿Por el ombligo, cómo intenta afirmar el acertijo?

Las teorías sexuales infantiles son muchas y sobre variados aspectos. Sigmund Freud las describió hace más de un siglo y resulta llamativo como todavía, hoy en día, los niños las siguen formulando de idéntica manera.  Que los niños se forman en el estómago y siguen el curso de expulsión de los alimentos, es una de las explicaciones más frecuente al enigma de la gestación y el nacimiento.

La “teoría cloacal”, como denominó Freud  a la creencia de que el aparato reproductor y el digestivo es uno sólo y el mismo, encuentra su base en una cierta observación infantil y en una interpretación ingenua de la propia experiencia -siempre atada a los hechos-, que encontramos en los niños.  Que una observación acertada nos lleve a una interpretación errada es algo que ciertos adultos entienden sin problema. No así los pequeños, que insisten en homologar su panza inflada después de la ingesta de muchos alimentos a la panza inflada de las mujeres embarazadas. “Si yo produzco un enorme “chorizo fecal” después de comer, quizás pueda producir un niño cuando sea más grande”, reflexionan con toda seriedad.
Y es este tipo de reflexión ingenua, concreta  y estimuladora de la percepción la que se pone en juego con las adivinanzas. Por ello atrapa a los niños. Mientras que los adultos, con su pensamiento formal, se sienten frustrados muchas veces frente a  ellas.

“Te la digo/ y no me entiendes/ te la repito y no me comprendes”, 

dicen los chiquillos a los padres, quienes no saben si se encuentran ante un reclamo infantil o ante un acertijo para la palabra tela.


María del Carmen Míguez


miércoles, 13 de febrero de 2013

Un pequeño espacio para las tremenduras


La necesidad de límites -frase en uso entre psicólogos y educadores- da cuenta del marco dentro del cual se deben amoldar los comportamientos de niños y adolescentes, con el objeto de garantizar conductas adecuadas para la convivencia y el orden. A los niños tremendos, agresivos o desobedientes se les “receta” la puesta de límites. Con frecuencia, se escucha decir a los especialistas: “estos padres tienen dificultad para establecer límites. Se deben poner normas claras y explícitas”. Con la invocación incesante de la maravilla de los límites, en muchas oportunidades, se termina por concebir -más bien- espacios limitados para los hijos.

Que se establezcan límites no quiere decir de ninguna manera que se deba asfixiar a los niños y jóvenes con reglas, horarios y tareas. La ausencia de espacios libres para el ocio, el juego y la experimentación es una circunstancia cada vez más frecuente en la sociedad contemporánea y sobretodo, en los espacios urbanos. Los niños, suelen tener el día pautado de antemano, de la mañana a la noche, con actividades dirigidas y preestablecidas. Convencer a ciertos adultos que se deben permitir momentos en los que niños y jóvenes puedan hacer lo que les venga en gana, no resulta del todo fácil.
Todas las actividades infantiles incluyendo la música y el arte, suelen estar cronometradas, y ser pensadas por los progenitores en términos de rendimiento y capacitación futura. Se está intoxicando a las nuevas generaciones con la idea del éxito profesional y académico, olvidando que toda posibilidad de triunfo personal y de la personalidad, pasa por la necesidad básica de contar con espacios para la expresión de las fuerzas más profundamente innatas y primitivas propias de la naturaleza humana. No es que ordenar y canalizar los impulsos y la energía vital no sea bueno, es que el ser humano en crecimiento necesita experimentar sus propias “tremenduras”. Y estas pueden resultar de mayor utilidad para el crecimiento y la maduración si afloran en un espacio suficientemente libre y seguro.

Que en una clase de Karate, un niño comience a experimentar con las posibilidades de fuerza y flexibilidad de su cuerpo, puede resultar inadecuado para un profesor que lo que quiere es que los niños memoricen los diferentes katas. Que en una clase de teoría y solfeo un joven comience a improvisar con los sonidos de su flauta puede ser perturbador. Aún más, que en un recreo de 10 o 15 minutos los niños comiencen a correr y gritar es de seguro sancionable. Lo que no debe ser impedido es que los niños puedan, en algún momento de su día a día, tener espacios para hacer lo que les venga en gana. Así como lo oyen. Para correr, brincar, gritar, jugar y probar formas de relación con sus pares, con el único margen que garantiza su seguridad física.

Que una madre, un educador o una familia, puedan permitir y tolerar momentos de desorden, espacios sin límites o ciertos “ratos locos”, resulta fundamental para una integración adecuada de las experiencias de vida. Llegar “hasta el final” en la manifestación de las fuerzas pulsionales, bajo la mirada atenta pero permisiva de un adulto tranquilo, que no confunda sus propios temores con la realidad es sin duda provechoso.