¿Por qué a los niños les gustan tanto las
adivinanzas? ¿Qué encuentran de atractivo en ellas? ¿Quién no tiene algún
recuerdo de infancia con las adivinanzas como protagonistas? Un abuelo
demostrando su sabiduría a través de estos acertijos de palabras.
Las
adivinanzas han sido y son un recurso del lenguaje para relacionarnos jugando y
para reconocer ciertos aspectos del mundo que nos rodea: la naturaleza, las
personas y los objetos. Como afirma Beatriz Helena Robledo en su libro para niños,
Un día de aventuras. Una historia con
adivinanzas, de la colección Iguana de Ediciones B, las adivinanzas estimulan el espíritu investigativo y el
sentido de la observación de quién intenta adivinar. Por ejemplo, en aquella
sobre la luna que nos hace reparar en su ciclo de transformación:
Toda mi vida en un mes,
mi caudal son
cuatro cuartos
y aunque me ves pobrecita
ando siempre muy por lo alto.
O en aquella tan popular cuya respuesta se encuentra en la propia formulación
de la adivinanza:
Oro parece
plata no
es
quien no lo sabe
bien tonto es.
Los niños con su morral de preguntas a cuestas son quienes
–por excelencia- esperan ver en las adivinanzas las respuestas sobre las
múltiples incógnitas que presenta la vida. En la base de esas incógnitas y de
su profunda curiosidad se encuentra,
justamente, aquella sobre el origen de la vida. De ¿dónde venimos?, ¿cómo se
hacen los niños?
“Adivina, adivinanza
¿qué tiene el rey en la panza?”
Rey o reina, los niños sienten profunda
curiosidad por saber cómo llegan los bebés a la barriga y por dónde salen. ¿Por
el ombligo, cómo intenta afirmar el acertijo?
Las teorías
sexuales infantiles son muchas y sobre variados aspectos. Sigmund Freud las
describió hace más de un siglo y resulta llamativo como todavía, hoy en día,
los niños las siguen formulando de idéntica manera. Que los niños se forman en el estómago y
siguen el curso de expulsión de los alimentos, es una de las explicaciones más
frecuente al enigma de la gestación y el nacimiento.
La “teoría
cloacal”, como denominó Freud a la
creencia de que el aparato reproductor y el digestivo es uno sólo y el mismo,
encuentra su base en una cierta observación infantil y en una interpretación ingenua
de la propia experiencia -siempre atada a los hechos-, que encontramos en los
niños. Que una observación acertada nos
lleve a una interpretación errada es algo que ciertos adultos entienden sin
problema. No así los pequeños, que insisten en homologar su panza inflada
después de la ingesta de muchos alimentos a la panza inflada de las mujeres
embarazadas. “Si yo produzco un enorme “chorizo fecal” después de comer, quizás
pueda producir un niño cuando sea más grande”, reflexionan con toda seriedad.
Y es este tipo de reflexión ingenua, concreta y estimuladora de la percepción la que se
pone en juego con las adivinanzas. Por ello atrapa a los niños. Mientras que
los adultos, con su pensamiento formal, se sienten frustrados muchas veces
frente a ellas.
“Te la digo/ y no me entiendes/ te la repito y no me
comprendes”,
dicen los chiquillos a los padres, quienes no saben si se
encuentran ante un reclamo infantil o ante un acertijo para la palabra tela.
María del Carmen Míguez