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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.
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viernes, 15 de febrero de 2013

Adivina Adivinador




¿Por qué a los niños les gustan tanto las adivinanzas? ¿Qué encuentran de atractivo en ellas? ¿Quién no tiene algún recuerdo de infancia con las adivinanzas como protagonistas? Un abuelo demostrando su sabiduría a través de estos acertijos de palabras.
 Las adivinanzas han sido y son un recurso del lenguaje para relacionarnos jugando y para reconocer ciertos aspectos del mundo que nos rodea: la naturaleza, las personas y los objetos. Como afirma Beatriz Helena Robledo en su libro para niños, Un día de aventuras. Una historia con adivinanzas, de la colección Iguana de Ediciones B, las adivinanzas  estimulan el espíritu investigativo y el sentido de la observación de quién intenta adivinar. Por ejemplo, en aquella sobre la luna que nos hace reparar en su ciclo de transformación: 

Toda mi vida en un mes, 
mi caudal son cuatro cuartos 
 y aunque me ves pobrecita 
 ando siempre muy por lo alto. 

O en aquella tan popular cuya respuesta se encuentra en la propia formulación de la adivinanza: 

Oro parece 
plata no es
quien no lo sabe
bien tonto es.

Los niños con su morral de preguntas a cuestas son quienes –por excelencia- esperan ver en las adivinanzas las respuestas sobre las múltiples incógnitas que presenta la vida. En la base de esas incógnitas y de su profunda  curiosidad se encuentra, justamente, aquella sobre el origen de la vida. De ¿dónde venimos?, ¿cómo se hacen los niños? 


“Adivina, adivinanza ¿qué tiene el rey en la panza?” 

Rey o reina, los niños sienten profunda curiosidad por saber cómo llegan los bebés a la barriga y por dónde salen. ¿Por el ombligo, cómo intenta afirmar el acertijo?

Las teorías sexuales infantiles son muchas y sobre variados aspectos. Sigmund Freud las describió hace más de un siglo y resulta llamativo como todavía, hoy en día, los niños las siguen formulando de idéntica manera.  Que los niños se forman en el estómago y siguen el curso de expulsión de los alimentos, es una de las explicaciones más frecuente al enigma de la gestación y el nacimiento.

La “teoría cloacal”, como denominó Freud  a la creencia de que el aparato reproductor y el digestivo es uno sólo y el mismo, encuentra su base en una cierta observación infantil y en una interpretación ingenua de la propia experiencia -siempre atada a los hechos-, que encontramos en los niños.  Que una observación acertada nos lleve a una interpretación errada es algo que ciertos adultos entienden sin problema. No así los pequeños, que insisten en homologar su panza inflada después de la ingesta de muchos alimentos a la panza inflada de las mujeres embarazadas. “Si yo produzco un enorme “chorizo fecal” después de comer, quizás pueda producir un niño cuando sea más grande”, reflexionan con toda seriedad.
Y es este tipo de reflexión ingenua, concreta  y estimuladora de la percepción la que se pone en juego con las adivinanzas. Por ello atrapa a los niños. Mientras que los adultos, con su pensamiento formal, se sienten frustrados muchas veces frente a  ellas.

“Te la digo/ y no me entiendes/ te la repito y no me comprendes”, 

dicen los chiquillos a los padres, quienes no saben si se encuentran ante un reclamo infantil o ante un acertijo para la palabra tela.


María del Carmen Míguez


miércoles, 13 de febrero de 2013

Un pequeño espacio para las tremenduras


La necesidad de límites -frase en uso entre psicólogos y educadores- da cuenta del marco dentro del cual se deben amoldar los comportamientos de niños y adolescentes, con el objeto de garantizar conductas adecuadas para la convivencia y el orden. A los niños tremendos, agresivos o desobedientes se les “receta” la puesta de límites. Con frecuencia, se escucha decir a los especialistas: “estos padres tienen dificultad para establecer límites. Se deben poner normas claras y explícitas”. Con la invocación incesante de la maravilla de los límites, en muchas oportunidades, se termina por concebir -más bien- espacios limitados para los hijos.

Que se establezcan límites no quiere decir de ninguna manera que se deba asfixiar a los niños y jóvenes con reglas, horarios y tareas. La ausencia de espacios libres para el ocio, el juego y la experimentación es una circunstancia cada vez más frecuente en la sociedad contemporánea y sobretodo, en los espacios urbanos. Los niños, suelen tener el día pautado de antemano, de la mañana a la noche, con actividades dirigidas y preestablecidas. Convencer a ciertos adultos que se deben permitir momentos en los que niños y jóvenes puedan hacer lo que les venga en gana, no resulta del todo fácil.
Todas las actividades infantiles incluyendo la música y el arte, suelen estar cronometradas, y ser pensadas por los progenitores en términos de rendimiento y capacitación futura. Se está intoxicando a las nuevas generaciones con la idea del éxito profesional y académico, olvidando que toda posibilidad de triunfo personal y de la personalidad, pasa por la necesidad básica de contar con espacios para la expresión de las fuerzas más profundamente innatas y primitivas propias de la naturaleza humana. No es que ordenar y canalizar los impulsos y la energía vital no sea bueno, es que el ser humano en crecimiento necesita experimentar sus propias “tremenduras”. Y estas pueden resultar de mayor utilidad para el crecimiento y la maduración si afloran en un espacio suficientemente libre y seguro.

Que en una clase de Karate, un niño comience a experimentar con las posibilidades de fuerza y flexibilidad de su cuerpo, puede resultar inadecuado para un profesor que lo que quiere es que los niños memoricen los diferentes katas. Que en una clase de teoría y solfeo un joven comience a improvisar con los sonidos de su flauta puede ser perturbador. Aún más, que en un recreo de 10 o 15 minutos los niños comiencen a correr y gritar es de seguro sancionable. Lo que no debe ser impedido es que los niños puedan, en algún momento de su día a día, tener espacios para hacer lo que les venga en gana. Así como lo oyen. Para correr, brincar, gritar, jugar y probar formas de relación con sus pares, con el único margen que garantiza su seguridad física.

Que una madre, un educador o una familia, puedan permitir y tolerar momentos de desorden, espacios sin límites o ciertos “ratos locos”, resulta fundamental para una integración adecuada de las experiencias de vida. Llegar “hasta el final” en la manifestación de las fuerzas pulsionales, bajo la mirada atenta pero permisiva de un adulto tranquilo, que no confunda sus propios temores con la realidad es sin duda provechoso.



jueves, 31 de enero de 2013

Casa segura


La llegada de los hijos suele despertar en las personas la inquietud sobre los variados peligros que rondan a un niño en su propia casa. Allí donde antes parecía estar todo seguro, comienzan a percibirse numerables situaciones de riesgo. Indudablemente, hay que tomar medidas, prever, y acondicionar los espacios ante la presencia de un ser frágil e inmaduro. No obstante, hay que poder diferenciar entre seguridad y sobreprotección. La curiosidad creciente de un pequeñito que está comenzando a descubrir el mundo desde su propio ambiente, junto a las necesidades de desplazamiento y autonomía, tornan contraproducente querer encerrar a nuestros retoños en una burbuja de cristal.
El primer año de vida, justo antes de que comience el niño a caminar, es un período de alerta y de tensión que se incrementa únicamente, con la verticalidad y la puesta en marcha. Esa segunda etapa, que se extiende hasta aproximadamente los tres años, y que algunos han dado en llamar la del niño “tocalotodo”, requiere de ciertas consideraciones por parte de los progenitores.
En primer término, hay que poder discriminar entre las situaciones, objetos o comportamientos que son verdaderamente peligrosos y los que no. Hay quienes consideran riesgoso que su bebé de seis meses se arrastre por el piso en el intento de gatear. ¡El piso está lleno de gérmenes!, afirman. Pero lo que hay que visualizar son las situaciones que ponen en riesgo la vida e integridad del cuerpo del bebé. Gatear sólo será peligroso si en el camino se tropieza con objetos que puedan caer sobre él, que resulten cortantes o que pueda ingerir. Esta etapa incluye la necesidad de una supervisión visual del niño, muy frecuente. Si el niño está libre por la casa, no se lo puede perder de vista por mucho tiempo. Proteger las esquinas de los muebles y los puntos de electricidad es básico. Retirar vidrios y objetos de cristal, también. Algunos padres optan por no quitar ningún adorno de las mesas y enseñarles a que “respete los objetos de la casa”. El riesgo que se corre allí es que el pequeñito sin querer, rompa algún objeto de valor familiar o sentimental.
Cuando los padres trabajan y los niños quedan al cuidado de un empleado hay que entrenarlos para el manejo seguro del pequeño. La cocina, se sabe, es un lugar de cuidado. No se le puede permitir al niño que ronde cerca de ella si se tiene comida en el fuego. Hay que asegurarse de que las asas de las ollas no sobresalgan. Al manipular cuchillos u otros utensilios, se debe tener precaución para evitar que puedan caer cerca de él. Sin embargo, un chiquito puede permanecer de manera segura mientras su cuidador cocina. Se lo puede sentar en su silla de comer o coche con algunos juguetes para que se distraiga. En estos casos, el tiempo es la clave. 
Tampoco, para mencionar otra situación de vulnerabilidad, los niños intentan bajarse solos de su cuna, a no ser que se los deje por mucho tiempo en ella. Las ventanas y balcones, sólo representan un peligro si se les permite rondar y jugar cerca de ellas. Ningún niño se lanza espontáneamente “por curiosidad”.
Los más grandes pueden tener interés en participar de la elaboración de algún platillo o actividad hogareña. Impedírselo es frustrar una vía de desarrollo y habilidad para ellos.  Lo importante es asignarles alguna tarea que los haga sentir útiles, y supervisarlos durante su realización todo el tiempo que se pueda.

María del Carmen Míguez

jueves, 24 de enero de 2013

De qué hablamos cuando hablamos de los límites


En esas reuniones de intenso colorido local que son las piñatas, escuché a una maestra contar alarmada cómo cada día los niñitos del preescolar donde trabaja recibían a sus madres golpeándolas con el pequeño bolso donde llevan la merienda sin que éstas reaccionasen. La maestra, que también es madre, continuó refiriendo a su grupo de amigas la dificultad que tenía para hacerle entender a su hija que “hay cosas que no se hacen” y que “cuando ella dice no, es no”. Con un gesto afirmativo de familiaridad, respondieron el resto de las señoras a las inquietantes historias de la maestra. “¡Hay que ponerles límites a nuestros hijos!”, concluyeron todas.
A qué se referían cuando hablaban de límites es algo que no está claro. El término resulta ambiguo, pero se escucha cada vez más en las voces de educadores y padres. La creencia de que en la actualidad se ha ido demasiado lejos en cuanto a la permisividad con los niños también se ha vuelto una moneda de uso frecuente. Se escucha a los adultos reivindicar los castigos y palizas que ellos mismos sufrieron de sus padres, en un gesto que suele mostrar más confusión que convicción. Manejar las expresiones de agresividad que en diferentes situaciones muestran los pequeños implica una labor lenta y complicada. El estado de ánimo del adulto para el momento determina la respuesta que pueda darse. Ciertamente, hay días en que no se está de ánimo y se tiende a intervenir de manera brusca. Los padres son humanos, sin duda. Pero reivindicar antiguos métodos de educación, violentos y vejatorios del niño, deja de lado la consideración básica de que ellos también son sujetos con posibilidades de intercambio y comunicación, no simples objetos a manipular.­
La palabra “límites” ha sido adoptada por psicólogos y orientadores. Su significado original se encuentra asociado a la idea de demarcar, delimitar un territorio, por ejemplo. Utilizar el término equivale a querer demarcar las relaciones con los otros. Así, los padres al “poner límites” estarían definiendo sus relaciones con los hijos, a la vez que permitirían que el propio muchacho se delimitara como persona. En otras palabras, aclararían las reglas del juego familiar y social, definiendo las normas, deberes, derechos y prohibiciones de cada cual. Marcarían la ley.
La dificultad que presenta la mayoría de los adultos que educan reside en cómo implementar y transmitir las normas y prohibiciones. Formas y estilos de actuar hay muchos, afortunadamente. Y considerar la especificidad de la problemática planteada puede ser clave para la búsqueda de una salida. El comportamiento de cada joven o infante está sostenido por un motivo. Tratar de aclarar la razón que lo condujo a la situación conflictiva resulta más útil que la utilización de fórmulas y respuestas prefijadas.
“Poner límites” y marcar los bordes de lo permitido pasa por mostrar que también se está dentro de los linderos de la ley. Cuando los padres y educadores sostienen la postura de: “No puedes hacer esto porque tampoco nosotros podemos”, o expresan la conseja: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, niños y jóvenes suelen captar las prohibiciones con mayor facilidad. No se pueden pretender privilegios por el simple hecho de ser adultos. Como refería Françoise Dolto: “La vida social de los seres humanos implica el dominio de los deseos según la ley, la misma para todos”. Hay que sostener en la conversación el sentido de las prohibiciones y el motivo del cese de algunas de éstas con la experiencia, el crecimiento y desarrollo de ciertas habilidades.
La educación de los hijos no es una tarea de un solo intento. Pensar que una explicación o aclaración bastan para que se desista de la intención vedada es una ilusión que en ocasiones suele frustrar a los padres. Marcar los límites de acción de un niño y prohibir la práctica de ciertos deseos son pruebas difíciles tanto para los padres como para los niños. Siempre penosas en el momento de producirse.

II
Existen prohibiciones y rupturas que son inevitables y necesarias para el desarrollo y formación del ser humano. Aunque sea una tarea difícil y penosa para todos, establecer dichos límites garantiza una constitución más sana, bajo el punto de vista psíquico y social. Por paradójico que parezca, las normas y prohibiciones resultan aseguradoras y permiten el desarrollo de los deseos de vida y un sentido ético del placer.
Todos coinciden en señalar al nacimiento como la primera e inevitable ruptura del proceso. La llegada al mundo del bebé revela, tanto a la madre como al propio niño, la verdad de una separación. El corte del cordón umbilical pone fin a una unidad y dice de la existencia de dos seres distintos. Unidos por un vínculo afectivo y de dependencia, ambos deberán reconocerse como personas diferentes. Al bebé inmaduro, este proceso le tomará un tiempo que es psicológico y biológico a la vez.
El amamantamiento y el destete continúan el sentido de la primera experiencia, marcando un límite a la relación cuerpo a cuerpo. A un circuito corto de comunicación madre-niño –pezón-boca– se impone el establecimiento de un circuito más largo, el de la palabra. El destete posibilita el ejercicio de la comunicación oral y afirma al niño frente a su madre. El niño a partir de ese momento podrá decir: “No, yo no quiero”, iniciándose el productivo período del negativismo infantil.
Luego, con la etapa de educación esfinteriana, se regula y limita la libre acción. El control de la musculatura anal y vesical es un proceso que para iniciarse requiere de ciertos requisitos madurativos. Con su adquisición, el niño entiende que hay lugares y normas con sentido para ejecutar las cosas. Ya no puede hacer pupú y pipí donde quiera, sino en el lugar destinado para ello. Donde acuden todos, incluso los adultos. El control de esfínteres y el aumento de las destrezas motoras que el niño adquiere para esa edad serán los basamentos de la idea ética que plantea: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Y, como derivado de esta idea central, la prohibición de la agresión, el robo y el homicidio. Al final de esta etapa, habrá adquirido mayor autonomía.
El conocimiento y la asunción de la pertenencia a un sexo, junto a la prohibición de los deseos incestuosos, tanto homosexuales como heterosexuales, posibilitan como etapa final el ingreso del niño a la civilización y a la cultura como sujeto pensante.
Nacimiento, destete, control de esfínteres y prohibición del incesto son, en resumen, la esencia de todo lo que se ha denominado límites y que los padres sienten necesario implementar en el proceso formativo. Reconocer que se es un ser distinto y separado del hijo y a la inversa. Que ambos enfrentan circunstancias diferentes, con derechos y deberes ajustados a la edad. Donde el lenguaje es el medio de comunicación fundamental, con oportunidad de ambas partes a decir: “Yo, como diferente de ti, quiero o no quiero...”. Saber que se está sometido como el resto de los humanos a leyes que regulan la acción y los deseos, sean estos sexuales o no. Son los principios básicos morales y éticos que rigen el comportamiento social.
Muchos padres quieren transmitir a sus hijos estas ideas y normas y a veces no saben cómo. En oportunidades, se olvida la propia condición de sujetos sometidos a las mismas leyes y normas. Se piensa que por ser padres se detenta el poder y el derecho. También se dan por sobreentendidos estos principios y no se conversa ¡Craso error! No es fácil comprender que los límites están porque los deseos existen, y aunque se los eduque su fuerza intrínseca los conducirá a tantear los bordes y olfatear las fisuras para deslizarse.
En la infancia, sobre todo, se prueba constantemente los límites de los padres. A veces los hijos quieren que sus padres se comporten como ellos desearían. Niegan y temen las diferencias. No explican lo que anhelan o no pueden explicarlo. Lo actúan simplemente. Ellos aún no han internalizado las normas y la ley. Justamente en esto consiste la diferencia entre pequeños y grandes.

Del libro Aprender a ser padres, de María del Carmen Míguez. Dahbar ediciones, Caracas 2012