Una mirada psicoanalítica al mundo de la familia, la infancia y la adolescencia.
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Pensando la función parental en tiempos confusos y convulsos. Especialmente dirigido a los padres de Venezuela e Hispanoamérica.____________________________________________________
lunes, 23 de diciembre de 2019
martes, 10 de diciembre de 2019
Las comunicaciones con los adolescentes
Muchos adultos se retuercen los sesos diariamente preguntándose cómo entrar en contacto con sus jóvenes hijos. Piensan largamente lo que les gustaría decirles, lo elaboran y ensayan de varias maneras. No quieren herir susceptibilidades o incurrir en errores de manejo. Teniendo los adolescentes tanta fama de difíciles, todo padre con hijos en ese rango de edad pareciera sentir la obligación de ser experto, casi un especialista. Como si se trataran de una especie rara que cuenta con un largo archivo de consideraciones.
Pero decía que los padres por estas épocas suelen ensayar el acercamiento a sus hijos. Algunos se entrenan leyendo manuales o columnas como la de esta autora. Otros, confiando en su propia intuición, se abocan a la caza del mejor momento. Viven pendientes de atrapar el tema que les permita, como quien no quiere la cosa, indagar lo que pasa por sus cabezas.
Los adolescentes suelen ser herméticos y silenciosos. Los padres observan su comportamiento y a partir de él infieren sus sentimientos, Claro está que quizás querrían plantear una conversación abierta con sus hijos. Sentados mientras se toman algo, a los padres les gustaría exponer el motivo de su preocupación, la advertencia o el llamado a la cordura como quien habla con un coetáneo. Imaginan un encuentro cara a cara, como si se estuviera tramitando un negocio de alto nivel.
En realidad, son muy escasas las oportunidades en las que un adolescente, propiamente dicho o uno tardío, acceden a una conversa en términos adultos. No es que no sea posible lograrla, pero la decisión de la misma estará en manos de ellos y no de los padres. En ciertas ocasiones, inexplicable e inesperadamente, los muchachos se acercan y buscan conversación. Como quien no quiere se arriman y ponen al descubierto el tema sobre el cual se ha estado cavilando meses enteros. Cuando ese día llega, en dos platos hablan de su preocupación por el cuerpo, de sus dudas vocacionales, de los conflictos con sus amigos o con sus parejas con franqueza y sin cortapisas. Es en esos momentos en donde no se puede salir con un “Hablamos más tarde porque ahora estoy ocupado”.
Cuando ese momento llega, se debe aprovechar. Se tendrán que dejar temporalmente las tareas que se estén realizando, habrá que dejar el celular de lado y, de la manera más natural posible, pasarse el switch y escuchar con toda atención lo que está tratando de decir nuestro querido y complicado joven. Habrá que preguntarse cuáles son las interrogantes que tal conversación plantea. Habrá que escuchar y, si él lo permite, darle algunos consejos. Habrá que ponerse de su lado apoyándolo en algunos de sus planteamientos y en otros tomar un poco de distancia y mostrarle la perspectiva que está dejando de lado.
Fuera de estos momentos especiales pero escasos, en donde las palabras con los hijos fluyen y se aceptan tranquilamente, hay que valerse de otros recursos para comunicarse con ellos. Se deben utilizar los mismos medios que estos manejan con facilidad. Un mensaje de texto o whatsapp por el celular, un correíto electrónico y hasta algún letrero pegado en la puerta de su cuarto recordándole la tarea o diligencia que debe hacer, pueden ser mucho más efectivos que todos los sermones mañaneros que se puedan dar. Si ellos normalmente se comunican con mensajes cortos e intermitentes, utilizando caritas, contracciones de palabras y otra cantidad de signos más, pues no lo dude más, apréndaselos y aplíquelos.
lunes, 21 de octubre de 2019
CUANDO PAPÁ NO ESTÁ
contemporánea muestra diferencias con el grupo conocido tradicionalmente.
Padre, madre e hijos dejaron de ser los miembros
nucleares de todo hogar. En la actualidad, por ejemplo, la muchacha
de servicio ha pasado a ser una presencia más constante que la de
abuelos o parientes directos. El padre, muchas veces y por numerosas
razones, tampoco vive con los hijos.
Bien sea porque los padres se divorciaron, porque éstos nunca
estuvieron casados o por su muerte, la crianza de los muchachos suele
incluir la pregunta por la ausencia del papá. Ante esta interrogante, las
madres que con bastante competencia y decisión asumen solas la
responsabilidad de la descendencia suelen sentirse temerosas,
desorientadas y sin saber qué hacer. ¿Hay que hablar a los niños de
sus padres ausentes o desconocidos? ¿Cómo hacerlo de la mejor
manera, cuando en el fondo se mantienen profundas diferencias con
ellos?
Cada caso requiere seguramente un manejo específico. Se debe
considerar que la función paterna y el contacto con lo masculino son
indispensables para un desarrollo saludable. Por más independiente
que resulte la madre, el pequeño necesita saber sobre su padre
biológico. La función paterna puede ser suplida por algún otro
representante: nueva pareja de la madre, abuelos, tíos, pero el
conocimiento sobre su origen es un aspecto que jamás debe ser
escondido al niño. Ellos tienen derecho a conocer sobre el hombre que
intervino en su concepción. Con seguridad el deseo de vida prevaleció
para hacer posible la gestación del hijo y, aunque la madre
actualmente piense de manera diferente, resulta positivo escuchar
algunas palabras sobre esos momentos.
Todo niño se llega a preguntar sobre la razón de sus apellidos. Si el
pequeño usa el patronímico paterno debe saber por qué lo lleva y así
entender su significado genealógico. El uso de los apellidos tiene un
sentido ordenador y simbólico. Entender de estas razones introduce al
niño en un sistema de pensamiento más evolucionado y abstracto, que
le permite la comprensión de la cadena generacional y la evolución de
la sociedad. Es a través de su nombre que el niño conoce de su origen
y lugar en el mundo. Las dos o tres palabras con las que es nombrado
le aportan una identidad e individualidad indispensables para su
crecimiento.
En los casos en los que se lleva únicamente el apellido materno, con
más razón hay que explicarle al pequeño sobre el origen de su
persona. Un hijo sin reconocimiento paterno puede llegar a imaginar
que es producto de la unión entre su abuelo materno y su madre. En
su desconocimiento y lógica infantil puede fantasear el incesto, con
consecuencias para su evolución evidentemente indeseables.
Cuando la ausencia del papá se debe al divorcio, los problemas que
puede enfrentar el niño, aunque más comunes, quizás, no dejan de ser
igualmente importantes. Como plantea la psicoanalista venezolana
Alicia Leisse, “...un hombre y una mujer pueden haber sido incapaces
de hacer un buen matrimonio pero pueden hacer que lo sea su
divorcio”. Y buena parte de ese “éxito” reside justamente en el
acuerdo sobre los hijos comunes.
Después de todo se puede afirmar que, aunque el padre se ausente,
no asuma su responsabilidad o no lo hayan conocido nunca, “los
padres siguen siendo los padres” y todo niño tiene derecho a llevar en
su mente una imagen del hombre que le dio la vida.
Ubicación:
Caracas, Distrito Capital, Venezuela
lunes, 7 de octubre de 2019
Niños sin hermanos
Los hermanos –cómo no decirlo– son aquellos seres que llegan para mostrar la diferencia. Son hijos de los mismos padres, con la misma herencia biológica y social, aproximadamente de la misma generación y, sin embargo, son otros radicalmente distintos en muchas cuestiones. A los hermanos los une una relación vitalicia y, aunque el tiempo y la madurez los distancien, ellos siempre aparecen en épocas de celebración y de crisis: bodas, nacimientos, velorios y divorcios. Casi siempre entre hermanos se aprecia la similitud y la diferencia, un espacio de intimidad y uno de separación.
En opinión de la analista junguiana Christine Downing, “ese carácter duradero contribuye a que sea la relación más segura en la que poder expresar hostilidad (más segura que la relación con nuestros padres, pues nunca dependemos tanto de un hermano como dependemos de los padres en la infancia –y en la imaginación); por ello el vínculo entre hermanos del mismo sexo es probablemente el más tenso, volátil y ambivalente que nunca conoceremos”.
Del mismo sexo o no, la experiencia del hermano es buscada hasta por aquellas personas que no los tienen en la realidad. El amigo íntimo puede ser el equivalente de una relación de hermandad. Con frecuencia, las familias conformadas por un hijo único se muestran dispuestas a recibir amigos y familiares en casa, como una forma de compensar la falta de otros hijos. Esta actitud del todo favorable contrarresta uno de los riesgos de las parejas con un único niño: la tendencia a quedar encerrados sobre sí mismos y no promover el desprendimiento y la diferenciación del pequeño.
La decisión cada vez más común entre las parejas de concebir un solo hijo coloca a los padres en la incertidumbre sobre sus ventajas y desventajas. El estereotipo del hijo único es comúnmente el del niño tímido, triste y solitario que se mueve con soltura entre los grandes, pero que no juega y se le dificulta compartir. Ningún padre desea para un hijo esta imagen. Pero como la realidad se encarga muchas veces de impedir un hermano, vale para los padres tener conciencia de los riesgos que en el desarrollo y maduración psicológica del niño puede traer el estatuto de único.
Las ventajas de no contar con hermanos las conocen muy bien quienes los tienen. En esos momentos de odio y celos cuando se anhelan todos los juguetes, toda la habitación, la computadora y hasta los padres para uno solo. ¡Qué maravilloso sería!, comentan los chicos en la cúspide de la rabia. Sin embargo, son los adultos en primera instancia quienes comprenden que sus hijos necesitan compartir y relacionarse con otros de su edad. Algunos progenitores pretenden sustituir esa falta colocándose frente a los hijos en posición de compañero: juegan en el piso, los acompañan en todas las aventuras y pretenden convertirse en sus amigos. Justamente es esta actitud –motivada en una idea de compensación– la que suele confundir a los niños sin hermanos. Un padre es un padre y un hermano es un hermano, no existe la posibilidad de intercambiar estos roles sin que internamente algo se afecte. No resulta saludable que un niño se represente como el centro de la existencia de sus padres. Fundamentalmente las madres deben desarrollar otros intereses y actividades diferentes a la dedicación a su retoño. Una mujer que dedica todo su tiempo y capacidades al único hijo que tuvo, está –sin proponérselo– creándole un conflicto profundo para su futura vida adulta.
El juego de las alianzas cobra especial importancia en las familias de tres miembros. En estos casos siempre uno quedará excluido y solo. La pareja de padres debe prestar especial atención a que el hijo los perciba como tales. Todos los matrimonios, pero especialmente los que han tenido a un único niño, deben cultivar y disfrutar de las amistades. La sociabilidad es la vía más directa para garantizar que el pequeño comparta y se relacione con otros de su edad. También será la forma en que podrá identificarse con unos padres abiertos y alegres. Cuando la familia extendida es grande, el niño se vinculará con los primos como si fueran hermanos. Sin duda, la experiencia de la hermandad resulta fundamental pues nos da la noción del otro.
jueves, 19 de septiembre de 2019
DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE LOS LÍMITES
En esas reuniones de intenso colorido local que son las piñatas,
escuché a una maestra contar alarmada cómo cada día los niñitos del
preescolar donde trabaja recibían a sus madres golpeándolas con el
pequeño bolso donde llevan la merienda sin que éstas reaccionasen.
La maestra, que también es madre, continuó refiriendo a su grupo de
amigas la dificultad que tenía para hacerle entender a su hija que “hay
cosas que no se hacen” y que “cuando ella dice no, es no”. Con un
gesto afirmativo de familiaridad, respondieron el resto de las señoras a
las inquietantes historias de la maestra. “¡Hay que ponerles límites a
nuestros hijos!”, concluyeron todas.
A qué se referían cuando hablaban de límites es algo que no está
claro. El término resulta ambiguo, pero se escucha cada vez más en
las voces de educadores y padres. La creencia de que en la actualidad
se ha ido demasiado lejos en cuanto a la permisividad con los niños
también se ha vuelto una moneda de uso frecuente. Se escucha a los
adultos reivindicar los castigos y palizas que ellos mismos sufrieron de
sus padres, en un gesto que suele mostrar más confusión que
convicción. Manejar las expresiones de agresividad que en diferentes
situaciones muestran los pequeños implica una labor lenta y
complicada. El estado de ánimo del adulto para el momento determina
la respuesta que pueda darse. Ciertamente, hay días en que no se está
de ánimo y se tiende a intervenir de manera brusca. Los padres son
humanos, sin duda. Pero reivindicar antiguos métodos de educación,
violentos y vejatorios del niño, deja de lado la consideración básica de
que ellos también son sujetos con posibilidades de intercambio y
comunicación, no simples objetos a manipular.
La palabra “límites” ha sido adoptada por psicólogos y orientadores.
Su significado original se encuentra asociado a la idea de demarcar,
delimitar un territorio, por ejemplo. Utilizar el término equivale a
querer demarcar las relaciones con los otros. Así, los padres al “poner
límites” estarían definiendo sus relaciones con los hijos, a la vez que
permitirían que el propio muchacho se delimitara como persona. En
otras palabras, aclararían las reglas del juego familiar y social,
definiendo las normas, deberes, derechos y prohibiciones de cada cual.
Marcarían la ley.
La dificultad que presenta la mayoría de los adultos que educan
reside en cómo implementar y transmitir las normas y prohibiciones.
Formas y estilos de actuar hay muchos, afortunadamente. Y considerar
la especificidad de la problemática planteada puede ser clave para la
búsqueda de una salida. El comportamiento de cada joven o infante
está sostenido por un motivo. Tratar de aclarar la razón que lo condujo
a la situación conflictiva resulta más útil que la utilización de fórmulas
y respuestas prefijadas.
“Poner límites” y marcar los bordes de lo permitido pasa por mostrar
que también se está dentro de los linderos de la ley. Cuando los
padres y educadores sostienen la postura de: “No puedes hacer esto
porque tampoco nosotros podemos”, o expresan la conseja: “No hagas
a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, niños y jóvenes
suelen captar las prohibiciones con mayor facilidad. No se pueden
pretender privilegios por el simple hecho de ser adultos. Como refería
Françoise Dolto: “La vida social de los seres humanos implica el
dominio de los deseos según la ley, la misma para todos”. Hay que
sostener en la conversación el sentido de las prohibiciones y el motivo
del cese de algunas de éstas con la experiencia, el crecimiento y
desarrollo de ciertas habilidades.
La educación de los hijos no es una tarea de un solo intento. Pensar
que una explicación o aclaración bastan para que se desista de la
intención vedada es una ilusión que en ocasiones suele frustrar a los
padres. Marcar los límites de acción de un niño y prohibir la práctica de
ciertos deseos son pruebas difíciles tanto para los padres como para
los niños. Siempre penosas en el momento de producirse.
II
Existen prohibiciones y rupturas que son inevitables y necesarias
para el desarrollo y formación del ser humano. Aunque sea una tarea
difícil y penosa para todos, establecer dichos límites garantiza una
constitución más sana, bajo el punto de vista psíquico y social. Por
paradójico que parezca, las normas y prohibiciones resultan
aseguradoras y permiten el desarrollo de los deseos de vida y un
sentido ético del placer.
Todos coinciden en señalar al nacimiento como la primera e
inevitable ruptura del proceso. La llegada al mundo del bebé revela,
tanto a la madre como al propio niño, la verdad de una separación. El
corte del cordón umbilical pone fin a una unidad y dice de la existencia
de dos seres distintos. Unidos por un vínculo afectivo y de
dependencia, ambos deberán reconocerse como personas diferentes.
Al bebé inmaduro, este proceso le tomará un tiempo que es
psicológico y biológico a la vez.
El amamantamiento y el destete continúan el sentido de la primera
experiencia, marcando un límite a la relación cuerpo a cuerpo. A un
circuito corto de comunicación madre-niño –pezón-boca– se impone el
establecimiento de un circuito más largo, el de la palabra. El destete
posibilita el ejercicio de la comunicación oral y afirma al niño frente a
su madre. El niño a partir de ese momento podrá decir: “No, yo no
quiero”, iniciándose el productivo período del negativismo infantil.
Luego, con la etapa de educación esfinteriana, se regula y limita la
libre acción. El control de la musculatura anal y vesical es un proceso
que para iniciarse requiere de ciertos requisitos madurativos. Con su
adquisición, el niño entiende que hay lugares y normas con sentido
para ejecutar las cosas. Ya no puede hacer pupú y pipí donde quiera,
sino en el lugar destinado para ello. Donde acuden todos, incluso los
adultos. El control de esfínteres y el aumento de las destrezas motoras
que el niño adquiere para esa edad serán los basamentos de la idea
ética que plantea: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a
ti”. Y, como derivado de esta idea central, la prohibición de la
agresión, el robo y el homicidio. Al final de esta etapa, habrá adquirido
mayor autonomía.
El conocimiento y la asunción de la pertenencia a un sexo, junto a la
prohibición de los deseos incestuosos, tanto homosexuales como
heterosexuales, posibilitan como etapa final el ingreso del niño a la
civilización y a la cultura como sujeto pensante.
Nacimiento, destete, control de esfínteres y prohibición del incesto
son, en resumen, la esencia de todo lo que se ha denominado límites y
que los padres sienten necesario implementar en el proceso formativo.
Reconocer que se es un ser distinto y separado del hijo y a la inversa.
Que ambos enfrentan circunstancias diferentes, con derechos y
deberes ajustados a la edad. Donde el lenguaje es el medio de
comunicación fundamental, con oportunidad de ambas partes a decir:
“Yo, como diferente de ti, quiero o no quiero...”. Saber que se está
sometido como el resto de los humanos a leyes que regulan la acción y
los deseos, sean estos sexuales o no. Son los principios básicos
morales y éticos que rigen el comportamiento social.
Muchos padres quieren transmitir a sus hijos estas ideas y normas y
a veces no saben cómo. En oportunidades, se olvida la propia
condición de sujetos sometidos a las mismas leyes y normas. Se
piensa que por ser padres se detenta el poder y el derecho. También
se dan por sobreentendidos estos principios y no se conversa ¡Craso
error! No es fácil comprender que los límites están porque los deseos
existen, y aunque se los eduque su fuerza intrínseca los conducirá a
tantear los bordes y olfatear las fisuras para deslizarse.
En la infancia, sobre todo, se prueba constantemente los límites de
los padres. A veces los hijos quieren que sus padres se comporten
como ellos desearían. Niegan y temen las diferencias. No explican lo
que anhelan o no pueden explicarlo. Lo actúan simplemente. Ellos aún
no han internalizado las normas y la ley. Justamente en esto consiste
la diferencia entre pequeños y grandes.
jueves, 5 de septiembre de 2019
El tiempo en los niños
La vivencia del tiempo es para todos una experiencia subjetiva. Pero para los niños el paso de las horas ocurre con un ritmo totalmente diferente al de los adultos. Hasta más o menos la edad de siete años, época en la cual las nociones que nos permiten demarcar el curso del tiempo son entendidas plenamente, a un niño un día le puede parecer un siglo y a la inversa.
Explicarle a un pequeño que su cumpleaños es el mes que viene, que su papá se fue de viaje y viene pasado mañana o que a partir de esta semana comenzó un año nuevo, puede ser una experiencia complicada porque su pensamiento es de tipo pre-operacional. La idea del tiempo es totalmente abstracta y requiere de una inteligencia representativa que el niño tarda en adquirir ( Jean Piaget).
Para los niños el girar del reloj está ligado de una manera indisoluble –y más vital que en los grandes– al objeto de su necesidad y de su amor. Tiempo y afecto, tiempo y deseo, conforman la llave de la experiencia de vida en todos, pero en los niños la determina de manera primordial. Resulta común la experiencia de que la espera ansiosa de algo o alguien importante nos parezca una eternidad o que unos días de disfrute y placer desaparezcan como un flash.
Un bebé de menos de dos años registrará invariablemente el paso de las horas, por el aparecer y desaparecer de su madre y de sus personas queridas. En principio, la ausencia del objeto es vivida como irrecuperable pues el niño es incapaz de imaginarlo sin su presencia real, pero también porque para él lo que no se ve o se siente no existe. Más adelante, con la internalización de la imagen materna, el niño puede prever su reaparición en el futuro inmediato, logrando así contener lo que conocemos como angustia de separación.
A veces, se olvida que la vivencia del paso del tiempo en los niños sucede a un ritmo diferente, mucho más lento quizás, porque su mundo interno todavía no es tan rico en significaciones y depende más estrechamente de su pequeño y palpable universo familiar. Así, se escucha decir en oportunidades: “No importa, el bebé no se da cuenta, voy a estar fuera una semana nada más”, utilizando un criterio adulto de lo temporal.
Los niños siempre se dan cuenta y se percatan de lo que pasa a su alrededor, aunque no puedan organizar en su mente la experiencia tal como se esperaría al final del crecimiento. Aunque los términos de ayer o mañana no sean del todo comprensibles y el futuro sea importante en la medida en que pueda presentarse ya, en su presente vital, hay que hablarles a los niños de nuestros criterios temporales. Hay que informarlos de nuestros movimientos y ausencias por más pequeños que parezcan. Ellos necesitan ir entendiendo el valor de lo pasado pero también la importancia de la promesa futura, guía de todos nuestros ideales.
Para hablarles a los infantes del tiempo se pueden tomar los elementos concretos perceptibles que rodean su rutina de vida. A través de ella, el niño puede ir entendiendo la idea de un antes y un después. Los propios ritmos biológicos de hambre y sueño, la constatación de la existencia de un día con luz y sol y una noche oscura con luna y estrellas, son recursos válidos para la explicación de la dimensión temporal.
En la literatura infantil se encuentran buenos ejemplos sobre la existencia de un orden cíclico en la naturaleza. No obstante y a pesar de todas las explicaciones, sólo la maravillosa mente infantil permitirá disfrutar a los adultos de frases como esta: “Mañana yo fui a la fiesta de mi primo”. Como planteó en una oportunidad el psiquiatra Fernando Rísquez, la madurez consiste en la capacidad de espera. Para entender que las cosas no son ahora, ya, cuando las queremos, sino mañana o en un indeterminado futuro, hay que crecer y madurar. Hecho que por suerte se toma su tiempo.
sábado, 3 de agosto de 2019
Migración venezolana
Todo venezolano tiene a algún familiar que ha tenido que emigrar del país voluntaria o forzosamente. Esta actividad sobre migración realizada en el 2019 por Ciudad Laboratorio y que tuvimos el gusto de acompañar. Consistió en caminar por distintos puntos de un sector de la ciudad, nos deteníamos y se reproducía un audio con los relatos de venezolanos emigrados que intentaban llamar la atención de los peatones. Luego comentábamos lo que cada uno de esos relatos suscitaban en los que allí estábamos.
Pude hablar con varios de los allí presentes de la naturaleza del duelo implícito en los procesos de emigración. Subrayar el poder de la palabra como forma de procesar la separación de un miembro de la familia. Destacar también la enorme experiencia que puede obtenerse de la migración, la ampliación de las perspectivas personales y familiares.
Después de varias paradas el evento se cerró en la plaza de Chacaito pintando con tiza en el suelo una especie de mapa colectivo con los nombres de los países y de los familiares y amigos que allí habían emigrado.
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